ACAMPANDO MIS SUEÑOS.

Parte 2

Ocho días después de haber visitado Yosemite por primera vez, volví. En esta segunda visita fui con mi familia de acogida,  el campamento se  estableció a 8000 pies de altura donde la familia de la hermana de mi host mom ya llevaba una semana acampando.

El viaje lo hicimos por el mismo camino que había tomado la vez pasada, pero en lugar de quedarnos en el valle, seguimos subiendo. El paisaje era majestuoso. Una carretera serpenteante y angosta recorría la montaña. El paisaje era de película y la altura me dejaba sin aliento. Gigantescos árboles nos arroparon a ambos lados de la carretera y de repente se extendían al horizonte pareciendo infinitos. En el camino vimos la vida después de la muerte, cuando atravesamos cementerios de árboles que habían sido arrasados por las llamas muchísimo tiempo atrás. El paisaje cambiaba por completo y esa zona gris y triste resaltaba entre la exuberante vegetación, pero aún así no dejaba de ser maravillosa.

A medida que nos acercabamos más al campground, los pinos, de vez en cuando, disminuían para darle paso a montañas de piedras y a lagos de aguas calmas. Las montañas más grandes que a lo lejos veía parecían indomables pero también indefensas, el sol del verano ya había derretido su glorioso manto blanco y las había dejado casi por completo desnudas. 

Sin embargo, no había ni rastro del cielo azul y el sol brillante que hacía en el valle de Yosemite, donde había estado el fin de semana pasado, y densas nubes  grises acapararon el cielo durante todo el fin de semana. Esta vez no hubo oportunidad para hacer hikings pero nos detuvimos en todos los point views, para admirar esta perfecta creación de Dios.

Cuando llegamos al campamento, estaba lloviendo a cántaros y el frío y el barrizal eran terribles. Se me entumencian los dedos y la ropa que llevaba no colaboró mucho para mantenerme abrigada. El clima estaba tan terrible que la familia de la hermana de mi hot mom agarraron sus artículos más valiosos y se fueron a dormir a su casa, (vivían como a dos horas del parque), y volvieron al día siguiente para recoger todo. Nosotros contra todo pronóstico nos quedamos.

A pesar de la lluvia, la altura y el frío había mucha gente acampando en este lado del parque. Algunos con sus casas rodantes y otros con sus tiendas. En comparación con el campground del fin de semana pasado, este era completamente diferente, no tenía duchas, ni cabañas y estaba mucho más adentrado en el bosque. Cuando la lluvia cesó comenzamos a explorar el campground y sus alrededores. El frío era acogedor y el olor a humo que salía de algunas hornillas y fogatas me hizo recordar las temporadas de lluvia en Sampués, cuando visitaba a mis tíos en la finca. La noche caía más temprano y contemplabamos el atardecer y las últimas gotas de agua arrinconados en la terraza, abrigados y a la espera que la tierra se escurriera un poquito más para no quedar atascados en el barro.

Cuando la tarde se acabó y nuestros estómagos comenzaron a rugir, buscamos un lugar donde comer. La lluvia ya había cesado por completo, el sol comenzaba a ponerse y un sereno viento enfriaba nuestras narices y nuestras orejas. Después de conducir por más de una hora encontramos un pequeño pueblo. Tanqueamos el carro con gasolina y entramos a un restaurante a comer. El ambiente afuera estaba tranquilo y silencioso y tan pronto entramos al restaurante, un golpe de luz y calor iluminó nuestro semblante. El olor a comida y el calor de la gente me hizo recordar que no estamos solos y que después de la tormenta siempre viene la calma.

Con el sol ya puesto y destellos anaranjados y morados aún iluminando el cielo, volvimos al campamento. La carretera estaba oscura y solitaria y solo podíamos ver la silueta de los árboles. Entre en medio de la oscuridad y del barrizal no quitamos los zapatos y nos fuimos a dormir. La noche fue terrorífica.

Como ya había mencionado anteriormente, estos campground consisten en un pedazo de tierra con una mesa de madera, una hornilla y una caja de metal para poner toda la comida. Está completamente prohibido dejar comida en el auto, las carpas o cualquier otro lugar que no sea la caja de metal. De no hacerlo puedes recibir una multa hasta de 1000 dólares. Todo esto a causa de los osos negros, quienes de dia o de noche bajan a los campground en busca de comida. Yosemite es un lugar plagado de osos negros los cuales no tienen ningún problema en acercarse a los humanos o romper la ventanilla del carro para cumplir con su obejtivo. Por esta razón  el parque está lleno de letreros con instrucciones de “Qué hacer si aparece un oso”. Es difícil toparse con uno pero no imposible. 

Era consciente de esta situación, sin embargo no creí que fuera tan seria o real y esto me llevó a tener una noche poco tranquila. Me costó conciliar el sueño y cada ruido que escuchaba pensaba que era un temible oso hambriento y feroz. Recordaba una y otra vez si había sacado toda la comida del carro, si la había metido toda en la caja de metal, si había quedado algún plato sucio o restos de comida en algún lado que no había visto…

Finalmente no pasó nada, el día amaneció nublado y de vez en cuando llovía. Volvimos a explorar nuestros alrededores, el día estaba fresco y todo se veía el doble de majestuoso que el día anterior. Caminamos entre los pinos bañados por la lluvia, el prado de un color verde más claro que los pinos se levantaba al lado del río que en algunas partes corría veloz y en otras tranquilo. El agua era clara, se podían ver las piedras y las plantas, pero arrisca y  te entumecia los dedos con tan solo acariciarla.

Así estuvimos todo el día conduciendo y parando donde la naturaleza nos llamara para admirarla, para sacarle fotos, para echarle uno que otro piropo pero sobre todo para hacernos sentir parte de ella. 

Una experiencia maravillosa la cual me encantaría repetir. Las fotografías no son ni la mitad de increíble de lo que son los lugares en vivo y en directo. Sin embargo, me encantó la experiencia, era justo lo que me imagine, incluso dos veces mejor.

ACAMPANDO MIS SUEÑOS.

Parte 1.

El verano en los Estados Unidos es largo y caluroso, dos meses y dos semanas para ser exactos. Los niños no asisten al colegio y se dedican a  vender limonadas frente a las puertas de sus casas, a pasear en bicicleta por el vecindario y a perseguir al camión de los helados para obtener un refrescante pasaboca. Otros junto con los adolescentes son enviados a fabulosos campamentos de verano donde se divierten, hacen travesuras, se enamoran y practican un sin fin de actividades.

Haber crecido viendo  programas de televisión y películas gringas aumentaron en mí las ganas de vivir una experiencia como esa: ir a un campamento de verano, acampar, dormir bajo las estrellas y cantar alrededor de una fogata, mientras se asan unos malvaviscos. Solo tenia que esperar que la oportunidad llegara. Mientras tanto seguía acampando a lo costeño en la finca, durante las vacaciones, durmiendo en hamacas bajo la casa de palma, comiendo los manjares de mi abuela cocinados enfogón de leña y por supuesto viendo televisión.

Cuando me propuse venirme a vivir una temporada a Estados Unidos, tenía una cosa segura y una obligación casi perentoria: viviria la experiencia de acampar como los gringos lo hace y lo más importante honraría a mi Carpa, que compré cuando tenía 12 años en mi intento de acampar y que nunca había utilizado.

Desafortunadamente, ya no tengo edad para asistir a un campamento de verano, donde pueda bailar y cantar tipo Camp Rock, o  practicar esgrima y hacer travesuras tipo campamento Walden de Juego de Gemelas. Sin embargo, solo era esperar que el verano llegara para una vez más comprobar la realidad de todo esto que muestra la televisión, las redes sociales y los libros.

Mi primera oportunidad se presentó sin previo aviso. Un viernes, una de mis amigas me invitó a acampar con sus amigos y pasamos el fin de semana en el gigantesco parque natural Yosemite. Salimos a las tres de la mañana de la casa y a las diez ya estábamos en el parque.

Cuando se trata de acampar, en el itinerario norteamericano, es obligación hacer senderismo/hiking o excursionismo/trekking como actividad base, cocinar al aire libre, durante la noche contemplar las estrellas y dormir en tiendas de acampar arropado en bolsas de dormir. Aunque esa es la idea, no a todos les gusta: armar el campamento, no bañarse durante algunos días y dormir bajo las estrellas al acecho de animales salvajes. Por esta razón, en el parque encontramos  casas rodantes de todos los tamaños, cabañas y hoteles.

Yosemite es un lugar espectacular, repleto de cataratas, secuoyas, fauna y paisajes que te quitarán el aliento y te harán sentir que estás en otro planeta. También es uno de los parques más grandes de Estado Unidos y por supuesto uno de los más visitados, en especial en el verano. El flujo de visitantes es tan masivo que las zonas para acampar y los hoteles  tienen que  ser reservados hasta con seis meses de anticipación. 

En esta primera oportunidad, acampamos fuera del parque, en un campground a 45 minutos de la entrada del parque. Estos campground son una especie de hotel, donde dependiendo de tus gustos eliges Dónde y cómo dormir. Si quieres acampar, que fue lo que nosotros hicimos, reservas un terreno que cuesta 56 dólares la noche. Este espacio es lo suficientemente grande como para armar dos tiendas y  además cuenta con una mesa de madera, una hornilla y una caja de metal. Los campground lucen como un vecindario en los suburbios donde troncos de maderas separan una casa de la otra.  Tenía terrenos más grandes donde se podía parquear una casa rodante y para los menos aventureros ofrecían entre sus servicios cabañas ( Estas cabañas son una habitación con apenas las camas). Para suerte de todos el lugar también contaba con baños y duchas comunitarias.

Después de que todo quedó listo, conducimos hasta llegar a la entrada del parque. La entrada a los parques nacionales cuesta entre 30 o 35 dólares y es válida durante siete días. Sin embargo, para los entusiastas se recomienda adquirir el pase anual por 90 dólares y es válido para todos los parques. 

Dentro del parque todo es increíble, afortunadamente tuvimos un día soleado, no había una sola nube en el cielo y lo único que se veía era un mar de pinos verdes,  paredes de roca gris gigantes y mucha pero mucha gente. 

La primera actividad en el itinerario fue por supuesto un hiking. Parqueamos y nos dirigimos a tomar un autobús, el cual recorre esta área del parque, que nos dejó en la entrada del sendero. Desde este punto caminamos tres millas/ 4.8 kilómetro cuesta arriba hasta encontrarnos con las cascadas Vernal de 97 metros de altura/ 318 pies. La caminata estuvo dura pero valió la pena cada segundo.

Entre más nos acercabamos a las cascadas más claro podía escuchar el rugir de litros de agua que caían sin cesar desde semejante altura. El sendero se hacía mucho más angosto y la marea de bebes, niños, adolescentes, adultos y abuelos,  incrementaba con locura. Unos ansiosos por llegar a la cima, otros desesperados por salir del tumulto de gente, algunos anonadados por semejante belleza y obviamente nunca faltan los que están buscando la foto perfecta para publicar en instagram.

Cuando llegamos al frente de la cascada, el camino se hizo mucho más angosto, resbaladizo y fue inevitable  atravesarlo y no salir empapado de agua. El camino se comenzó a extender entre las piedras, como un pasadizo escondido, que nos alejaba de la cascada y nos llevaba a la cima.

Nada fue lo que me imaginaba. El paso por frente de la cascada fue veloz no logre contemplarla con tranquilidad, por lo angosto del camino y la cantidad de gente. La cima, por otra parte, ni me la imaginaba. Era un playón de piedras por donde el agua, clara y super fría, se deslizaba con afán, empujada por la fuerza de la cascada Nevada (118 M) río arriba. Sin lugar a dudas un panorama espectacular, impresionante, perfecto. Les adjunto una foto tomada de wikipedia, la foto es tomada desde Glacier Point, un mirador ubicado sobre un acantilado dentro de Yosemite. En la foto podemos ver la cascada Vernal, en la parte izquierda inferior, y la cascada Nevada, en la parte derecha superior. ¿Acaso no son hermosas? (Yo no visite el Glacier Point)

De David Liu (discusión · contribs.) – Trabajo propio de la persona que subió originalmente el archivo, CC BY-SA 2.5.

Después de admirar semejante belleza, tomar un descanso, comer algo e ir al baño, empezamos el descenso. El hiking duró entre cinco o seis horas en total, llegamos al campamento muertos del cansancio y con hambre. Tan pronto comimos nos dimos un baño y nos preparamos para ir a dormir. No sin antes alejarnos un poco de la luz y el repicar de los calderos en los campamentos para ir a contemplar el cielo lleno de estrellas y la tierra repleta de pinos. 

La noche estuvo tranquila, no hacía tanto frío y no imaginamos que  iban hacer falta esas cobijas que no habíamos empacado. La temperatura bajó y el frío se hizo insoportable, a tientas busqué otros pantalones que tenía en el bolso y otra camiseta y me acurruque tanto como pude. A la mañana siguiente, después de desayunar, recogimos las tiendas y volvimos una vez más al parque. Por cuestiones de tiempo, esta vez no hicimos hiking pero tuvimos la oportunidad de ver y aproximarnos al “Salto Yosemite” una gigantesca cascada de 739 metros, donde el agua cae desde tres secciones diferentes. Es el punto con más aglomeración en el parque, ya que está cerca del centro de visitantes, hoteles, tiendas y restaurantes. Regresé a casa muy entusiasmada y ansiosa por volver.

¿ QUÉ PASÓ CON MAUI ?

En el Pacífico Central se encuentra una pequeña y acogedora isla, donde las construcciones están corroídas por el salitre del inmenso océano. La frondosa jungla domina el paisaje, las rocas volcánicas decoran las playas y las palmeras se mueven al son del Hula.

Por las clases de historia, conoci un bocado de Hawaii, cuando discutimos, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, el ataque por parte de las tropas japonesas a la base naval de Estado Unidos en Pearl Harbor. De igual forma con las producciones de Hollywood que han tomado como referencia e inspiración su estilo de vida Aloha, sus feroces olas, su exquisita mezcla de culturas y sobre todo sus paisajes. Series como “Lilo y Stitch”, “Hawaii Five-0” y películas como “Una esposa de mentira” o “50 primeras citas” me han dado un recorrido por el encanto de las islas y definitivamente me dejaron deseando conocer más.

¿Acaso esa no es la intención y el trabajo de Hollywood? 

Poipu Beach.

Sin embargo, para nadie es un secreto que Hawaii es ese paradisiaco y costoso sueño que a veces creemos imposible de realizar, pero que en mi caso se materializó antes de lo esperado. Durante el domingo de ramos del 2019 estaba en las instalaciones del aeropuerto de la ciudad de San José, California, lista para tomar el vuelo hacia mi próximo destino: Hawai’i.

Después de algunas semanas de haber llegado a los Estados Unidos, mi familia de acogida me anunció que visitarían Hawaii durante la Semana Santa y que en caso de que quisiera me podía unir con ellos al viaje. Era inevitable no aceptar la invitación y con mucha emoción acepté. Me dijeron que iríamos a Maui, una de las ocho islas principales y habitadas que conforman el archipiélago. 

Comencé a investigar y a empaparme más del tema, sabía donde estaba Hawaii  pero no conocia su historia, muy a pesar de que me apropie de su traje típico alguna vez durante Halloween sin saber su significado, ni su verdadera proveniencia. 

Mi investigación me llevó a conocer un lugar exquisito y espectacular, un archipiélago ubicado entre las Polinesias, sub región de Oceanía, y el norte del continente Americano. Conformado por  islas, atolones, islotes, arrecifes y bancos de arena, todo creado y modificado por la severa actividad volcánica hace muchos años atrás. 

Este paraíso tropical fue una nación independiente gobernada por una monarquía, antes de ser conquistada y anexada a Los Estados Unidos de América. Entre las islas principales, Oahu es la más grande y cuenta con la ciudad más grande y la capital, Honolulu. Un  artículo en la revista XLSemanal describe Honolulu como “cosmopolita y brillante” pero con un tráfico de pesadilla. En esta ciudad puedes encontrar todos los memoriales de la segunda guerra mundial en Pearl Harbor.

Busqué recomendaciones de qué hacer, marqué en google map los potenciales lugares para visitar y me uní a un grupo de facebook “All things Maui Hawaii”, en el cual hice una publicación y recibí muchos comentarios, recomendaciones y hasta invitaciones. Todo iba de maravilla, cada día estaba más emocionada con el viaje y con lo inolvidable que prometía ser Maui.

Una semana antes de viajar, recibí un correo electrónico con mis tiquetes de abordar y un poco confundida los contemplé con recelo. Tratando de hacer mi mayor esfuerzo y recordando las veces que durante la cena hablamos de las vacaciones a Maui, de Maui, de lo lindo que era Maui, de todas las cosas que podía hacer en Maui y los lugares que debía visitar en Maui; y entonces ¿ Qué había pasado con Maui?

Lo recuerdo. Recuerdo que una y otra vez de sus bocas salieron las palabras Maui. Hawaii. Vacaciones. ¿ Qué había pasado?, ¿ En qué momento de la articulación la palabra Maui se había perdido para convertirse en otra cosa?, ¿ Acaso lo había entendido mal? ¿ Acaso no entendía tanto inglés como creí ?. Los tiquetes marcaban como destino Lihue, Kauai, y con desespero lo googlee para asegurarme de que Kauai estaba dentro de Maui y no era otra isla, como temía.

Aún sigo creyendo que Dale, el señor bartender que me recomendó Christina Johnson, (miembro del grupo de facebook al cual me uní) debe estar preguntandose qué pasó conmigo y por qué no aparecí en el Tiki bar del Kaanapali beach hotel durante la primavera del año pasado.

De esta manera fui a parar a la cuna del ex presidente afroamericano Barack Obama, lugar de bodas extravagantes y exóticas, casa de veraneo de muchos multimillonarios y celebridades Norteamericanas y más específicamente a la tierra de Bethany Hamilton, la surfista que un tiburón le arrancó el brazo: Kauai.

Si aún no has visto la película Soul Surfer, te recomiendo verla. Una conmovedora  historia llena de mucha fe y resiliencia que vale la pena ver. Tambien puedes disfrutar de mi top 7, en las cuales puedes disfrutar los paisajes de Hawaii en sus escena.

Tan pronto aterricé , el paisaje me robó el aliento. Las montañas hacían juego con el azul del cielo, me arropó el calor del Pacífico, un viento fresco y un sol radiante. A medida que avanzabamos, el asfalto de la carretera resaltaba entre la espesa jungla a ambos lados y las líneas amarillas y blancas se combinaban con el paisaje. En la arena dorada reposaban tortugas marinas, focas, turistas y locales. Las olas azotaban las piedras volcánicas con violencia y las palmeras y las flores de bonche decoraban el panorama. Había fruta por todos lados, pescado crudo en diferentes presentaciones y el olor a agua salada era tan familiar que me hacía sentir cerca del Mar Caribe, tan lejos de casa.

Al día siguiente de nuestra llegada, nos levantamos a las 4:00 de la mañana debido al cambio de horario. Tres horas de diferencia con California, cinco con Colombia. Desayunamos y salimos a contemplar el amanecer. El cielo se fue iluminando poco a poco y destellos de luz salían lentamente del fondo marino, las olas chocaban en las piedras y el sol finalmente ascendía para acompañarnos durante todo el día.

Barack y Michelle Obama.
Bethany Hamilton.

Hawaii, tiene una mezcla de culturas fascinante. Mientras mantiene una infraestructura y un tráfico netamente Estadounidense, su gastronomía, sus danzas y hasta su propio idioma proviene de una mezcla de culturas asiáticas, europeas y tribus nativas Hawaianas. Todos viven bajo la influencia del clásico Aloha, que significa hola y adiós; que es un estilo de vida, una filosofía, un espíritu; que significa vivir en calma, relajado, en contacto con la naturaleza, orgullosos de sus raíces, teniendo buena onda y viviendo la vida.

Dato curioso: La isla está repleta de gallos kikirikis y gallinas silvestres. Los encontré por todas partes, en la playa, en los cañones, en el bosque, en el hotel. Los correteaba por diversión pero a veces me correteaban en busca de comida.

Después de ver el amanecer, me alisté y salí a explorar la isla. Todo está extremadamente lejos y sin carro es muy difícil hacer muchas cosas. Me aventuré a caminar hasta el centro de la ciudad para rentar una bicicleta y moverme más rápido. Caminé por la orilla de la playa, disfruté el paisaje, me detuve a tomar  un chapuzón en el océano, por mi temor al agua, no me adentre mucho y lo disfrute desde un lugar seguro, viendo como los pececitos nadaban afanados cerca de mí; vi cómo los turistas se instalaban para su día en la playa, los niños jugaban en la arena y los adultos hacían snorkel en aguas poco profundas, una hora y quince minutos después llegué al lugar para rentar la bicicleta.

Renté la bici, almorcé y seguí recorriendo el centro de la ciudad. El sol brillaba con fuerza, había mucha gente en todos lados y aún así algunas esquinas estaban desiertas y daba la sensación de estar en un lugar en completo abandono por el gobierno, (como el Chocó colombiano), sola y perdida.

Más tarde emprendí mi recorrido de vuelta al hotel, el cual fue toda una pesadilla. Kauai es una isla pequeña con diferentes pueblos alrededor de toda la isla, los cuales están lejos el uno del otro y prácticamente hay una sola autopista que recorre toda la isla. La autopista es angosta y con un solo carril por sentido, sin cicloruta y con montones de carros y camiones transitando por ella. No había manera que yo en mi bicicleta me aventurara a llegar al hotel por ese camino, así que decidí tomar el mismo camino por donde llegué. ¡Que mala idea!

Todo iba bien tan pronto salí del centro de la ciudad, había cicloruta a través de todos los parques que atravesé hasta que los parques se acabaron. Me tocó andar por la playa, las llantas de la bicicleta se hundían en la arena mojada, más adelante la bicicleta no podía andar de tanta arena y cuando la arena se hizo tan abundante me tocó arrastrar la bicicleta, enojada y cansada. Cuando estaba a punto de rendirme y dejar la bicicleta amarrada a un árbol, un campo de golf apareció. Después de pensarlo tanto tomé la decisión de terminar mi recorrido por el camino pavimentado por donde transitan los caddies. Atravesé el campo de golf con el corazón en la mano y a toda velocidad temiendo un llamado de atención.

Al día siguiente visitamos el cañón de Waimea, pero antes me tocaba devolver la bicicleta y esta vez llena de valor me aventuré a irme por la carretera, me tomó solo 20 minutos llegar al centro de la ciudad y no fue tan terrorífico como pensaba. ¿Por qué no hice eso el día anterior?  

Subiendo el cañón entre una empinada carretera, el verde de la jungla se iba perdiendo, la vegetación iba disminuyendo y una arena roja desértica iba apareciendo; la playa se alejaba, mostrando la inmensidad del océano y dejaba al descubierto la isla vecina, deshabitada, lejana, peligrosa quizás. Llegamos a la cima y almorzamos cerca del cañón que en su inmensidad parecía una pintura de oleo colgada en el cielo; en la lejanía helicópteros sobrevolaban frente a una cascada gigante perteneciente a las películas Jurassic Park.

Waimea Canyon. Elevation 3400FT.

La comida es muy deliciosa, probé la poké bar un plato de la cocina hawaiiana que consiste en pescado crudo, especialmente tuna, arroz, vegetales y salsas, me encantó. Me pareció tan rico que de vuelta a Mountain View lo comía todos los domingos después de ir a misa. 

Las frutas eran exquisitas y todas sabían a mango. Una tarde mi host mom me invitó a ir al mercado público, caminamos hasta el parqueadero donde estaban todas las carpas y la gente alistandose para la venta. Nosotras habíamos llegado temprano y en esos 20 minutos antes de la hora estipulada para comenzar la venta y compra, me entrenó. Me dió varias bolsas, dinero en efectivo y recorrimos todas las mesas donde me indicaba las frutas que me tocaba elegir y la cantidad. Cuando el reloj marcó las cuatro la carrera empezó y al final ambas obtuvimos lo que queríamos. Todo se vendió como pan caliente.

Poke Bar.

Para finalizar nuestras vacaciones, hicimos un hiking. Una obligatoria actividad en el itinerario de la mayoría de Americanos. Fuimos a las cascadas Ho’opi’i la cual fueron telón de fondo de las películas Parque jurásico. La entrada al sendero que nos conduciría a la cascada era un pequeño callejón al lado de la carretera. El día estaba nublado y debido a la abundante vegetación el angosto camino parecía un túnel, al lado derecho la carrera no se veía y a la izquierda se veian las montañas enredadas en las perezosas nubes y los carneros comiendo pasto o tomando el poco sol que de vez en cuando aparecía. Nos adentramos en la espesa jungla, húmeda, llena de barro, mosquitos y gallitos. En el camino nos encontramos los restos de un carro, algunas personas que ya estaban regresando y finalmente las cascadas. No eran muy altas pero el agua caía con afán para luego seguir el curso del arroyo con tranquilidad.

Despues de bailar mucha champeta, comer mucho pescado crudo, tomar el sol como las focas y las tortugas relajadas en la playa, corretear muchos gallitos y disfrutar en vivo y en directo de los escenarios de las películas rodadas en Hawaii, puedo decir que fueron uno de los mejores días de mi vida. La tranquilidad del lugar y la majestuosidad del paisaje invitan a quedarse a vivir para toda la vida pero a salir corriendo cuando venga la temporada de huracanes, la erupción de los volcanes y el fin del mundo en el Pacífico central.

¡ADIOS, ME VOY!

Por: Maria Margarita Alvarez Ramos

Con un nudo en la garganta y un vacío en el estómago, le dije a mis papás “Me voy”, después de enterarme, que desde mi condición de estudiante universitaria había una oportunidad de salir del país, trabajar, conocer una nueva cultura, aprender un nuevo idioma, viajar y salir de mi zona de confort, a través de experiencias maravillosas y a veces aterradoras que me harían llorar, extrañar a mi mamá, querer volver a casa, pero al mismo tiempo me convertirían en un ser humano más seguro y valiente.

En 2016, mientras cursaba cuarto semestre de la licenciatura de lenguas extranjeras en la Universidad de Sucre, me enteré del programa de AuPair. Nos reunieron en el auditorio de la universidad, esa tarde, y luego de unos minutos de espera una señorita comenzó la presentación. Explicó la temática del programa, cómo funcionaba, beneficios, costos y una que otra experiencia propia y anécdotas, ya que ella había sido una Au pair.

Universidad de Sucre, 2018.
Universidad de Sucre, 2018.
Universidad de Sucre, 2018.

Para cuando terminó la presentación, mi corazón latía ferozmente y mi cabeza daba vueltas de tantas preguntas que tenía. Estaba deslumbrada por el hecho de saber que oportunidades como estas existían y que no tenía que esperar a terminar mi carrera, conseguir un buen trabajo, un esposo, casarme, tener hijos, educarlos y pensionarme, para poder viajar a otro país.

Levante la mano una y otra y otra vez hasta que fui la única estudiante haciendo preguntas en todo el recinto. Salí del auditorio flotando en tersas nubes de algodón imaginando que algún día podría estar tomando un vuelo con rumbo a New York. Mi investigación sobre el programa no quedó solo ahí y gracias a el internet y las redes sociales  tuve la oportunidad de leer mucho más sobre el programa. Malas y buenas experiencias, consejos, advertencias y seguir el día a día de niñas que ya estaban viviendo en los Estados Unidos.

Esa misma noche, le conté a mis papás sobre el programa y mi mamá poco convencida me dijo que me tomara mi tiempo y lo pensara bien, y que cualquiera que fuera mi decisión ellos me apoyarían. 

Tomé la decisión de esperar porque me sentía muy insegura con mi Inglés, en especial al momento de hablar. Deseaba tener la fluidez con la que hablaban algunos de mis compañeros de clase y poder expresar mis ideas y puntos de vistas, que eran tantos. No entendía como podía escribir de manera fluida, natural y sencilla, pero a la hora de hablar se me olvidaban las palabras, me tomaba mucho tiempo organizar mis ideas y entraba en pánico cuando no recordaba la correcta pronunciación.  Desafortunadamente, esa perfecta fluidez que tanto quería no tocó mi puerta. A pesar de ellos, cuando el 2018 tomó forma, llena de inseguridades y miedos, le anuncié a mis papás mi decisión: me mudaría a los Estados Unidos. 

Aeropuerto los Garzones, Monteria, Cordoba.
New york, Enero 2019.
Time Square, New York.

Antes de partir todo a mí alrededor era un torbellino de emociones andantes, que no le dio cabida a la tristeza. Los sentimientos encontrados y el comienzo de una nueva aventura me mantuvieron en vela muchas noches. Fui muy agradecida por la ayuda, el empuje, lo aprendido y lo gozado. Saboree cada momento como si fuera el último y valoré mucho más a estos increíbles seres humanos que tengo a mi alrededor. Los abrace con fuerza, largo y tendido, sintiendo los latidos de sus corazones latiendo al ritmo con el mio, no perdí una oportunidad para decirles cuánto significan para mí y finalmente les dije hasta luego.

Con pasaporte en mano, abandoné la sala de espera rumbo a lo desconocido. Rumbo a New York. El futuro sería incierto, aunque tuviera todo fríamente calculado, y solo me quedaba respirar profundo y confiar. Ahora iba a ser solo yo, a cargo de mi misma, en un nuevo país, inmersa en un montón de culturas, acentos, color y sabores. El momento perfecto para demostrarme de lo que era capaz.

South Lake Tahoe, CA.
Davis, CA.

Al pisar territorio Norteamericano, la capacidad de sentir miedo y angustia por las cosas más insignificantes fue en aumento, pero… ¿Quién dijo que las primeras veces son fáciles? Fácil se volvió cuando me di cuenta que todo es igual que en casa solo que en una proporción más grande y con un impacto personal más profundo.

Las recetas de mamá, la playlist de amanecida y las relaciones que cree con mis amigos, han sido mis mejores aliados para no sentirme tan lejos de casa. Sin embargo, en esta nueva casa he aprendido nuevas recetas, he bailado nuevas playlist y he adquirido nuevas tradiciones, sin olvidar mis raíces y por ende poner a todo el mundo a bailar champeta y comer patacón con queso. En efecto, me he sentido más orgullosa de mis raíces y me ha tomado por sorpresa la piel de gallina y el ojo aguado al escuchar una canción, un acento familiar o incluso un olor.

Oracle Park, San Francisco, CA.
Google Complex.
Little Italy, San Francisco, CA.

Los primeros días fueron una montaña rusa de nuevas experiencias, pero sobre todo de nuevos retos. New york casi me mata con una temperatura de menos un grado centígrado; Lloré por no saber cómo tanquear el carro con gasolina; hice snowboarding a 6000 pies de altura, forcé mis cinco sentidos para poder entenderles a mis interlocutores, quienes con fuertes y marcados acentos trataban de contarme quienes eran y que les gustaba; probé un montón de comida nueva, y el pescado crudo y el sushi entró en mi lista de comidas favoritas. Me adapté a esta nueva vida con facilidad y enfrente todas las situaciones como adulta, aunque era vista ante todos como una adolescente.

A lo largo de casi dos años viviendo en los Estados Unidos, me volví más valiente, más capaz, la confianza en mí misma ha crecido descomunalmente y disfruto de la soledad y de mi compañía. Mi Inglés mejoró muchísimo y soy capaz de hablar con seguridad y sin miedo. Ahora participo en clase, expreso mis ideas o puntos de vista, me autocorrijo con facilidad,  tomó más tiempo de lo debido para organizar mis ideas y no me siento culpable por ello; tampoco me averguenzo de mi acento, costeño y bien marcado, que para algunos parece exótico y para otros una abominación. 

Hace unos días caí en cuenta que este viaje está llegando a su fin. Así que tú que estás del otro lado de la pantalla, queriendo comenzar algo nuevo, a punto de hacerlo, en medio de ello o quizás al final, como yo,  aprovecha cada momento, cada oportunidad y disfruta como si fuera la última vez… porque la única verdad, es que no sabrás si fue la última vez.

“Nunca digas adiós porque adiós significa irse y marcharse significa olvidar.”

J.M. Barrie

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