CAÑONES AL PASADO

Asombrosos paisajes desérticos, cactus, ríos, cañones ubicados en territorio de ancestrales pueblos indígenas, fueron el telón de fondo de mi aventura más reciente. El estado del Gran Cañón, al oeste de los Estados Unidos, me recibió una cálida noche de mediados de octubre para descubrir y deleitarme con paisajes increíblemente poderosos.

Buscando más aventuras después de nuestro paso por la ciudad de Las Vegas, mis amigas y yo conducimos durante cinco horas hasta Page, un pequeño pueblo en el estado de Arizona donde comenzamos nuestra siguiente aventura. Salimos de Las Vegas a eso de las seis de la tarde, la oscuridad acaparó rápidamente el cielo y nos alejamos por una aterradora carretera llena de curvas y muchos camiones. 

Cansadas pero atentas salimos del estado de Nevada para atravesar por una carretera en línea recta parte de Utah y por fin llegar a Arizona. Fue abrumador conducir por una vía tan monótona, sola y oscura, donde daba la sensación que el tiempo no pasaba y que nunca íbamos a salir. Para matar el tiempo, nos colocamos a hablar de espantos y cosas paranormales para terminar más asustadas de lo que antes estábamos y rezando para cerrar cualquier portal maldito que se hubiese abierto.

Divisamos el pequeño pueblo a lo lejos, y nos emocionamos de estar mucho más cerca de las camas. Eran las once de la noche y las calles estaban solitarias. Hicimos check in y rápidamente nos dirigimos a nuestra habitación. Un cuarto sencillo con camas dobles, con aire acondicionado, bien limpio y cuidado por tan solo 57 dólares la noche.

Empezando el día tomamos una ducha, desayunamos, llenamos las botellas con agua, nos aplicamos bloqueador, agarramos los sombreros y nos dirigimos a nuestro primer destino: Horseshoe Bend o “La Curva de la Herradura” Uno de los lugares más emblemáticos de Arizona y de Estados Unidos, una obra de arte natural única en el mundo.

Fuerzas sobrenaturales hace millones de años atrás formaron este lugar y fuerzas humanas construyeron un parque para la preservación y la recreación. “La curva de la herradura” se encuentra dentro de las instalaciones del área recreacional del cañón Glen, la entrada cuesta 10 dólares por vehículo y la caminata hasta el mirador es de 1.5 millas/ 2.4 km, ida y vuelta. 

Gozar de un panorama tan único e inigualable vale la pena completamente. El cielo azul, el sol brillante y la verde vegetación se pierden para dar paso a arbustos secos y descoloridos. El suelo y todo lo que pude ver a mi alrededor se volvió anaranjado y cuando llegué al balcón del mirador se abrió ante mí un abismo con una profundidad de 1.000 pies/ 305 metros. El majestuoso río Colorado en colores azul, verde y tornasol corría entre edificios de piedras anaranjadas, se veía muy pequeño e indomable desde las alturas. 

Huyendo de la corriente, diminutos barcos y kayaks pasaban la curva a toda prisa y me preguntaba, si ellos de algún modo alcanzaban a vernos y qué tan pequeños se sentirían desde allá abajo. El lugar es tan increíble que es abrumador, se ve infinito, indestructible y estar parada justo enfrente de él me hizo pensar en las millones de cosas y años que tuvieron que pasar para que nosotros disfrutemos de semejante espectáculo. Todo estaba ahí al frente mio pero al mismo tiempo tan lejos, tan inalcanzable, tan intangible que no parecía cierto.

Imagínense haber visto la evolución de ese lugar, imaginense poder saltar y caer de un chapuzón en el agua, imaginense poder pasar al otro lado por un puente, o bajar hasta el nivel del río por una escalera, imaginen que solo sea un lienzo colgado en el cielo, exhibiendo el talento de los dioses que nos cuidan desde el cielo.

Juiciosas nos tomamos cientos de fotos en todos los ángulos y lugares, pero alejadas del borde, ya que es bastante común que en busca de la foto ideal para instagram, los seres humanos pasen sustos de muerte. También nos ofrecimos a tomarles fotos a otras parejas o grupos de amigos, con quienes entablamos amenas conversaciones y de paso nos contaron su  experiencia de dónde venían,  lo que  habían visto y lo que definitivamente deberíamos visitar.

Kilómetros más al sur de la curva de la herradura, la brecha que socavó el río Colorado se seguía abriendo para dar paso al majestuosos cañón del Colorado, nuestra segunda parada. Empacamos nuestras cosas y volvimos a la carretera. Un panorama completamente distinto a California y Nevada, recorre el también llamado “ Estado del Cobre” debido a sus grandes yacimientos y mayor fuente de ingresos. Según un artículo en manualusa.com, el costo de vida en Arizona es relativamente bajo, hay buenos empleos y tiene una de las tasas de impuestos más baja del país.

La capital Phoenix, es la ciudad más poblada junto con Tucson, el resto del estado está escasamente habitado, en especial las zonas rurales. Había muy pocas casas y en los lugares más remotos abundaban las casas rodantes en lugar de una “casa tradicional”. A la orilla de la carretera vimos muchos kioscos construidos con madera, que al parecer eran tiendas improvisadas donde habitantes de distintas reservas indígenas vendían sus artesanías. Desafortunadamente, no encontramos ninguno funcionando y parecían estar abandonados desde hacía algún tiempo.

Muchos años atrás, antes de la llegada de los españoles, Arizona era territorio de los pueblos indígenas más poblados y conocidos en la actualidad. Los Apaches y los Navajos, ambos emigraron del suroeste de Canadá y se cree que comparten muchas de las tradiciones y costumbres. Los Apaches que se esparcieron por Arizona, Nuevo México, Texas y el noreste de México, vivían de la caza, la ganadería y la agricultura. Cultivaban maíz, frijoles y después de la llegada de los Españoles comenzaron a criar ovejas y cabras. 

Navajos, por otro lado, se esparcieron un poco más al norte llegando al estado de Utah, pero habitando también  Arizona y Nuevo México. Eran cazadores y agricultores de maíz y frijoles, y al igual que los Apaches criaron ovejas y cabras, convirtiéndose en su mayor fuente de alimento. Hoy en día es el pueblo nativo más poblado de norte América y cuenta con una reserva llamada Nación Navajo. Un territorio con 350.000 habitantes, un gobierno elegido que incluye poder legislativo, una cámara legislativa y un sistema judicial. Sin embargo, Estados Unidos afirma poder pleno donde tiene el derecho y la autoridad de gobernarla por medio de leyes del congreso. El ejército de USA también maneja los delitos graves y los jefes de paz (el cuerpo de seguridad de la nación Navajo) se encarga de los delitos menores y las disputas. 

Otra vez regresamos a la carretera rumbo al Gran Cañón, decidimos no prestar atención a las señales que decían que el borde norte del parque estaba cerrado, confiando en lo que googlemap decía. Cuando llegamos a la entrada, en efecto, estaba cerrada. Decidimos caminar un rato y estirar las piernas, mientras la temperatura  comenzaba  a bajar y el día estaba por terminar. Acordamos posponer nuestra visita para el día siguiente y encontrar el pueblo más cercano para pasar la noche y dormir.

Para el dia siguiente, nos levantamos lo más temprano posible, pasamos por café y nos detuvimos en una tienda de souvenirs aparentemente de nativos americanos pero que era atendida por un joven gringo, delgado como un espárrago, de pelo largo y con un acento difícil de entender, quien pasó pegado al celular todo el tiempo. Aquí también nos encontramos con una pareja que estaba volviendo del Gran Cañón y nos contaron su experiencia y cómo estaba funcionando el parque debido a la pandemia.

Queriendo estar cerca de todo, deambulamos un poco por el parque para luego volver al lugar donde habíamos parqueado. Tomamos agua, bloqueador y sombrero y nos dirigimos al sendero. Para entrar al Parque Nacional del Gran Cañón, se debe pagar 35 dólares por vehículo, el parque cuenta con tres entradas diferentes pero debido a las situación actual solo una está abierta, el borde sur o south rim. El borde sur es la entrada más visitada porque es desde donde mejor se puede apreciar el cañón. Tiene una altitud de 2.100 metros y la temperatura varía entre 20 y 25 grados. En cambio, al nivel del río la temperatura puede ser de 45 grados.

Rafting o descenso del río es una de las actividades más populares en el borde sur del Gran Cañón, pero también podemos encontrar excursionismo, desde lo alto del borde hasta el caudal del río. Nos es recomendable bajar y subir en un mismo día. Por otro lado, si eres un poco más perezoso para caminar también tienen excursiones en mula la cual es muy demandada y si lo que quieres es un paseo rápido desde las alturas, una excursión en helicóptero es ideal. Hay un montón de modalidades para todas estas actividades, así que los precios varían según tus gustos, tu presupuesto y tu tiempo.

Si bien el borde sur es el más visitado, el borde oeste o West rim, es el más cercano a Las Vegas y el segundo más visitado. Su mayor atracción es el Glass Skywalk, un puente con piso transparente suspendido en lo alto del cañón. El borde oeste está localizado en territorio de la reserva indigena Hualapai, por lo tanto no hace parte del parque nacional el Gran Cañón y la reserva administra y protege esta área. Por último, encontramos el borde norte o North rim, es el punto más aislado, el cañón alcanza unos 2.500 metros de altura y se cubre de nieve durante el invierno impidiendo el acceso por carretera. Solo está abierto desde mediados del mes de mayo hasta mediados de Octubre.

Terminando el día, tomamos un bus que nos llevó hasta los puntos más altos del parque, para ver el atardecer. Hopi Point es por excelencia el punto para ver el atardecer y el amanecer. La experiencia fue maravillosa, nos sentamos las cuatro a orillas del cañón y colocamos nuestras cámaras para grabar el atardecer. En un sublime acto de amor, el sol se escondio entre nubes y cayo por detrás del cañón, dejándonos solos, con frío y prometiendo desaparecer el cañón tan pronto la noche acaparará la faz de la tierra.

Universos de estrella alumbraron el cielo y buscamos donde descansar y pasar la noche. A la mañana siguiente, con un sentimiento de nostalgia nos despedimos de Arizona. No sin antes buscar la famosísima ruta 66, una autopista que comienza en Chicago, Illinois, pasando por Missouri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y terminando en California. La carretera ha sido inmortalizada en la literatura, la música pop y la televisión. 

Varios pueblos sobre la ruta ofrecen un vistazo al pasado, con fotografías, exposiciones de carros, restaurantes y tiendas de souvenirs. Mi mayor referente sobre la ruta 66 es la película Cars, donde Rayo McQueen se pierde de camino a una de los torneos y termina en un pequeño pueblo llamado Radiador Spring en la Ruta 66. Un pueblo olvidado debido a la construcción de la autopista interestatal. En efecto, la Ruta perdió interés y protagonismo desde la construcción de la interestatal. Conduciendo por la ruta 66 nos detuvimos en Seligman, un pequeño pueblo a orilla de la carretera donde nos encontramos una réplica a gran escala de Luigi, Mate, Fillmore y  Sheriff, personajes de la película Cars.

Así terminó nuestra aventura por un lugar milenario, territorio sagrado para los Nativo Americanos, donde se levantan edificios de arena y roca anaranjada, corre por el suelo pasto dorado y pequeños arbustos verdes, aceleran largos trenes de carga con vagones de diferentes colores, cactus y desiertos, ríos de agua viva, animales, seres humanos y la vida.

PECADO EN LAS VEGAS.

Ubicada en mitad del desierto y popularmente conocida por su lujuria y su extravagancia, la ciudad capital del estado de Nevada, Las Vegas, es el epicentro de una vida pecaminosamente entretenida. Los Casinos, shows, y fiestas son algunas de las cosas por la cual es conocida y aunque “lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas” esta vez es la excepción. 

La expansión y crecimiento de la ciudad del pecado dió inicio en 1931 con la legalización del juego, lo que conllevó a masivas construcciones de hoteles con casinos. El enorme auge de los casino trajo consigo grandes cantidades de alcohol, drogas, derroche de mucho dinero y prostitucion. El estado de Nevada tiene legalizada la prostitucion en ciudades con menos de 50.000 habitantes, por ello los prostíbulos están alrededor de Las Vegas. Más tarde se incorporaría la industria musical, teatral y el circo, dándole el toque de entretenimiento por el cual la conocemos hoy en día.

Por si no sabias, Las Vegas es el destino número uno para despedida de solteras/os y cumpleaños número 21, pero sin ninguno de estos dos motivos mis amigas y yo con expectativas altas, planeamos el viaje, alistamos maletas y nos fuimos. Conducimos durante ocho horas desde el área de la bahía en California, atravesando el valle de la muerte, hasta llegar a la “ciudad del pecado”.  

Seven Magic Mountain.
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Seven Magic Maountain

Nuestra primera parada fue justo antes de entrar a la ciudad en un monumento llamado “seven magic mountain”, Siete montañas de colores en mitad del desierto, diferentes, raras, abstractas y un llamativo punto de interés. Esta producción artística creada por el artista suizo Ugo Rondinone, consta de siete hileras de roca pintadas de color neon, las cuales tienen entre siete y nueve metros de alturas. Según un artículo en la revista Harper ‘s Bazaar, la obra “rompe con la monotonía del desierto” y “los instagramers adoran el arcoiris de piedra que deslumbra en medio del desierto.”

El monumento está ubicado a un costado de la interestatal 15 a 30 minutos del centro de Las Vegas. La escultura estaba prevista para ser exhibida por dos años, pero el éxito de la misma alargó el plazo. El lugar cuenta con un pequeño parqueadero y para llegar a las montañas se debe caminar un poco. Como la mayoría de lugares en Estados Unidos,  es masivamente visitado, un promedio de 1.000 visitantes por día, de allí que es difícil conseguir una fotografía sin público. Sin embargo, lo más chistoso en esta parada es que al estar en mitad del desierto es inevitable no salir lleno de polvo y con el cabello tieso. 

Después de nuestra parada y un montón de fotos, nos dirigimos hacia el hotel. A medida que nos acercabamos, la altura de los edificios aumentaba y el tráfico fluía con intensidad. Descargamos maletas, descansamos y nos alistamos para conocer. La noche estaba cálida y joven y teníamos el mundo entero al alcance de nuestros pies.

Nuestra segunda parada fue “Fremont Street”, la cual estaba a unos pasos del hotel. Fremont street es la segunda calle más emblemática de Las Vegas. Fue la primera calle pavimentada (1925) y donde se establecieron famosos casinos.  La experiencia Fremont, como es llamada, es una calle peatonal que ocupa cinco cuadras y está construida tipo bóveda de cañón. A parte de los casinos, tiendas, restaurantes y actividades, el espectáculo principal es el show de luces, viva vision light show. El show es presentado en pantallas ubicadas en el techo de las bóvedas, un espectáculo que absolutamente nadie se puede perder. 

Sabías que los casinos en Las Vegas no tienen ni ventanas, ni reloj  para hacer perder a los jugadores la noción del tiempo. Así fue como a la una de la  mañana y como por arte de magia, viajando en el tiempo y el espacio fuimos a parar a la capital de la moda: París. El casino inspirado en la capital francesa, es una maravilla. Estos hoteles son tan enormes que ir del parqueadero hasta tu habitación puede tomar cerca de 30 minutos y a veces hasta un poco más. Ingresar por la recepción tampoco disminuye tu tiempo, ya que para llegar hasta los ascensores tienes que atravesar todo el  casino y escuchar a las máquinas tragamonedas llamarte, prometiendo que un golpe de suerte puede hacerte millonario. 

Caminar por dentro de París, el hotel, casino y también centro comercial, se asemeja mucho al verdadero París. Por supuesto no da la impresión completa, pero nada que un buen ángulo, iluminación y una buena pose no puedan mejorar. Los envidiosos se morderán el codo y dirán que no fuiste a París por una noche. Un cielo azul lleno de nubes te acompaña durante todo el recorrido y avanzas entre restaurantes y tiendas muy parisinas. Sin embargo, lo mejor está afuera, donde se levantan los monumentos más emblemáticos de la ciudad alrededor del edificio. La torre Eiffel, el Arco del Triunfo, la Plaza de la Concordia, la ópera Garnier, el museo del Louvre y un letrero en forma del globo Montgolfier. Es un espectáculo, una réplica exacta, todo tan junto, tan pequeño en comparación a los originales, pero sin lugar a duda muy asombroso.

La calle más famosa de la ciudad es llamada El Strip de Las Vegas, y es aquí donde están ubicados los más grandes y famosos casinos y hoteles. El tráfico vehicular es de locos y el peatonal es mucho peor. Los casinos están ubicados a lo largo de la calle y cada uno ofrece una experiencia distinta. Todo es tan gigante y exagerado que es abrumador, la cantidad de gente, los vasos donde te sirven los cócteles, los edificios, los casinos. Pero al mismo tiempo todo es tan caóticamente lindo que no te importa caminar como loca bajo 40 grados de temperatura mientras entras y sales de casinos, solo por ir y darle la vuelta al mundo en 12 horas.

Aunque suene loco es verdad, recorres el mundo y hasta viajas en el tiempo en un momentico. Puedes ir al antiguo Egipto en el Luxor Hotel, o a la Edad Media en el Excalibur. Si te apetece, puedes jugar Blackjack con magnates en el place du casino en la ciudad de Montecarlo, Mónaco, o en El Bellagio con mafiosos italianos. Qué tal visitar Atenas bajo el gobierno del imperio romano (Caesar Palace), o pasear en góndolas en Venecia, The Venetian, mientras te desplazas por los canales de agua extremadamente limpia y observas a un señor con un acordeón cantando boleros italianos. 

Si nada de esto te llama la atención, también te puedes ir a un carnaval, a una isla pirata, una villa europea, Hollywood, Marruecos, China, Las Polinesias, al circo, o hasta la ciudad de San Francisco en 1890. Y si lo tuyo es lo extremo, al final de la calle, encontramos la Estratosfera, el edificio más alto de la ciudad con 350  metros de altura y atracciones extremas en la cima. 

Para los gustos, los colores. Tienes un amplio número de casinos de donde elegir, y las bebidas en los casinos son gratis. Si no encuentras donde dormir, es mentira, Las Vegas cuenta con un total de 124.270 habitaciones de hotel con un precio promedio de 66 dólares la noche. Lo tuyo no son los casino? Bueno, tiene obras de teatros, musicales, stand de comedia, conciertos, paseos en helicópteros, museos, el gran cañon a cuatro horas. 

¿Te quieres casar? Por 299 dólares lo puedes hacer al estilo Elvis Presley y puedes ser parte de las 315 bodas diarias en la ciudad de Las Vegas y si luego te arrepientes, ya tienen divorcios express. Fiestas en piscinas, limosinas, buses, discotecas con Djs famosisimos y si al dia siguiente no puedes con el guayabo, cariño, no te preocupes. En Hangover Heaven Clinic con 130 dólares y 45 minutos de tu tiempo te dejan como nuevo y puedes seguir ingiriendo alcohol a la loca. 

Sabías que un turista en la ciudad de Las Vegas pasa en promedio cuatro horas al día jugando y gasta al menos 559 dólares en su viaje (solo en los casinos). A diferencia del turista promedio, yo pasé 20 minutos al día jugando y gasté al menos 30 dólares en mi viaje. Con ayuda de nuestra amiga Julieth, quien entusiasmada comenzó a probar suerte desde que llegamos, nos aventuramos a apostar algunos dólares y salimos perdiendo todo como es probable que pase. Sin embargo, Julieth sí alcanzó a ganar algunos dólares de más

No vamos a mentirnos, hay mucho entretenimiento y fiestas, pero lo que realmente mueve exorbitante sumas de dinero aquí son los casinos y además de eso, su infraestructura es totalmente llamativa y hermosa. Mi top tres de los casinos más bonitos en Las Vegas es: número 3 New York-New York, Numero 2  Paris y como mi favorito The Venetian, inspirado en Venecia, Italia. Todos tres son un espectáculo de luces, infraestructura, fachada de maravilla, colores y  contrastes.

Sin  embargo, el Venetian es el casino más grande del mundo y esto permitió poner la imaginación a volar a cuánto arquitecto, ingeniero, inversionista y todo el que hizo parte de este proyecto. El hotel cuenta con 7117 habitaciones; El centro comercial, ubicado en la  parte inferior, tiene canales donde se puede pasear en góndolas alrededor del centro comercial; tiene cuatro teatros y el diseño exterior e interior tiene réplicas del Palazzo Ducale, Piazza San Marco, Piazzeta di San Marco, la columna del león de Venecia y San Teodoro, la capilla de San Marco y el puente de Rialto. Es una cosa asombrosa. 

Por último pero no menos importante y un must de cada turista que viaja a las Vegas es el Bellagio Hotel & Casino, ya que cuenta con una de las atracciones más estupendas de la ciudad. Un lago artificial de ocho acres donde se ubican Las Fuentes del Bellagio. Un espectáculo único en el mundo, que combina chorros de agua y luces bailando al son de música contemporánea, melodías clásicas, pop, ópera, éxitos de broadway, la variabilidad es infinita. El show se puede apreciar cada media hora por la tarde y cada quince minutos durante la noche.

Después de caminar y viajar por el tiempo y en el espacio por cuanto casino, nuestras piernas nos permitieron, tomar muchísimas fotos, subir a la estratosfera a ver la ciudad desde 350 metros de altura, comer comida colombiana, ganarnos una multa por parquear en el lugar incorrecto y hacer nuestra última parada en una gigantesca tienda de souvenirs, dejamos atrás Las Vegas. Con la esperanza de algún día volver y celebrar la despedida de soltera de alguna de las cuatro al estilo de las Vegas.

AQUELARRE A LA SOMBRA DE LAS SECUOYAS.

Sequoia & kings canyon national park, ubicado en las montañas de Sierra Nevada, al sur-este del estado de California, fue el destino que para el final del verano un grupo de amigos y yo escogimos para acampar. La aventura comenzó un sábado antes que el sol saliera, empacamos las maletas e iniciamos nuestro recorrido, que duró casi cinco horas.

Hace unos amaneceres atrás, cuando el sol brillaba fuerte y el calor del verano aún nos agitaba, el viento nos llevó a visitar una tierra de gigantes. Un paraíso escondido en la montaña, asequible en el verano, pero perdido en el invierno. Caminando entre secuoyas viajamos en el tiempo, algunas nos susurraron sus secretos, sus misterios más enigmáticos, sus trucos contra el mal tiempo y el paso de los años.

Para pasar el fin de semana, rentamos un spot (espacio) en un campground, por 56 dólares la noche. Y con mi pasada experiencia en Yosemite le aconsejé a mis amigas qué debían llevar para no morir en el intento. Pero ¡ Oh sorpresa! El lugar que reservamos estaba en medio de la nada, y aunque tenía lo que había prometido: dos mesas y una hornilla, solo contaba con un baño para todos los miembros de mi campamentos y de los campamentos vecinos. El baño era una especie de letrina, con un solo trono y un hoyo en el piso donde caían todos los desechos, además había diminuto lavamano.     ¡ Olia horrible! 

Tan pronto llegamos, nos colocamos a armar las tiendas, antes que el sol calentara más y el resplandor y el polvorín nos arrebatara el buen ánimo. Desafortunadamente, la terca carpa no se quiso dejar armar de la forma correcta y después de varios intentos decidimos dejarla como estaba: chueca, de pie pero chueca. 

Mucho bloqueador, agua y gorras y por fin nos dirigimos a nuestro primer destino, Moro rock Trail. Conducimos por una serpenteante carretera llena de rocas y altas e indomables secuoyas a los lados. Me sentía sumergida en lo más profundo del bosque, diminuta en la inmensidad de los árboles, distante en la altura de las montañas. 

Al llegar al lugar, parqueamos y comenzamos a ascender. Roca Moro es una gran cúpula de granito que se puede apreciar desde arriba o desde abajo cuando vas por la carretera. El sendero para llegar hasta la cima es una escalera de piedra y hormigón con más de 350 escalones. Es considerado de una intensidad moderada pero con tráfico pesado

El sendero es bastante angosto, pero la vista a ambos lados es espectacular. Subiendo escalones, caminando por  pasillos de piedra, a veces con una pared de piedra a un lado y con un balcón de vista panorámica al otro. En la cima encontramos una especie de balcón, donde  a la derecha se veía la carretera que en zigzag descendía hasta llegar al valle, y  a la izquierda inmensas montañas, secuoyas, animales escondidos y quien sabe cuantos misterios.

El cielo azul estaba acompañado de gigantescas y hermosas nubes. Algunas arropaban los picos de las montañas y otras escapaban de ellos. Todo se veía tan sublime e impenetrable que dudaba de la  presencia de la raza humana en alguna de las majestuosas montañas a mi vista.

Nuestra siguiente parada fue en el Giant Forest, un bosque acondicionado con un trail para caminar por entre las más gigantes secuoyas. Dentro del bosque gigante encontramos al General Sherman, el árbol más alto del mundo, 83 metros de alto y 11 metros de diámetro en la base. Un ser vivo descomunal pero maravilloso. La marea de personas hacían filas para tener una foto junto a él o por lo menos con la parte inferior. Recorrimos el bosque contemplando los árboles, imaginando todo lo que habrán visto y escuchado.

Entre muchas de las particulares de estos rascacielos naturales, encontramos que solo existen en las zonas montañosas de Estados Unidos y que entre los más populares encontramos la secuoya gigante y la secuoya roja. A pesar de que provienen de la misma familia son de especies diferentes pero con propiedades parecidas.

Entre los más voluminosos encontramos el ya antes mencionado General Sherman, secuoya gigante, y entre el más alto Hyperion, una secuoya roja. Esos árboles deben vivir en las alturas para que sus piñones se abran y se esparzan las semillas. Su longevidad puede llegar hasta los 2000 años. 

Otra curiosidad de las secuoyas gigantes es que su madera no es apta para hacer muebles porque es de una textura muy frágil. Por el contrario, las secuoyas rojas cuentan con una madera propicia para hacer muebles ya que es resistente, dura y no habitan termitas en ella.

La corteza de estos árboles no poseen resinas inflamables lo que los hacen resistentes al fuego. Gracias a esta estupenda característica, la madera de las secuoyas rojas se utilizó para construir casi todas las edificaciones de la ciudad de San Francisco a finales del siglo XIX.

Desafortunadamente, desde la llegada de los europeos al continente Americano hasta nuestros días la población de secuoyas ha disminuido en un 95%, debido a la tala indiscriminada. Es por ello que en la actualidad estos parques naturales son pieza clave para la protección y reforestación de las secuoyas y de la fauna y flora que se ha visto amenazada por la mano del hombre. 

Cuando el sol comenzó a ponerse y la temperatura a bajar, regresamos al campamento. En el camino vimos el cielo pintarse de colores y los arreboles me hicieron sentir muy lejos de casa. El atardecer se llevaba con sosiego al sol y llenas de júbilo, las estrellas comenzaban a danzar en el cielo oscuro. 

Hicimos un gran esfuerzo para llegar al campamento antes de que los últimos rayos del sol se extinguieran en el horizontes, sin embargo, nos perdimos y tomamos caminos que no debíamos. Sin señal y sin internet divagamos un rato, hasta que por fin llegamos al campamento.

Cansadas pero sin sueño y en medio de una oscuridad encendimos la fogata, comimos lo que pudimos y admiré el cielo estrellado sin aliento y sin descanso, desde lo más alto hasta lo más profundo. Bailamos bajo las estrellas y alrededor de una fogata quemamos las penas que nos afligen, el pasado que no vuelve y las pesadillas que nos enloquecen. A la sombra de las secuoyas pactamos no olvidar los rascacielos naturales, los buenos amigos, la vida y las bellezas que tiene la madre naturaleza. 

Por la mañana preparamos el desayuno lamentandonos de haber olvidado las 30 arepas que habíamos preparado el viernes por la noche. Después de comernos una especie de hotdog con jugo de naranja,  preparar hamburguesas para el almuerzo, y recoger las carpas, nos dirigimos a nuestro último destino. 

En este último día hicimos un hiking. Nos tomó casi dos horas llegar hasta el lugar. El camino fue sencillo, pero largo y valió completamente la pena. La vegetación disminuyó y ante nosotros surgió un lago de aguas claras, tranquilo y un poco pequeño. Los rayos del sol hacían que brillara y pedía a gritos que nos dieramos un chapuzón. Algunas de mis amigas nadaron y otras nos sentamos a la sombra a contemplar este recóndito lugar al que quizás nunca en nuestra vida volveríamos.

Empacamos nuestras cosas y comenzamos el descenso. En el último tramo del camino, tres de nuestras amigas se nos adelantaron mientras el resto quedó atrás a paso firme pero lento. Después de un rato, cuando ya las habíamos perdido de vista, el camino se torno algo diferente. En un momento manifesté  mi inquietud que posiblemente íbamos por el camino incorrecto, pero nadie me prestó atención. Hasta que fue indiscutible, ya habíamos caminado cerca de 40 minutos y aún no encontrábamos el parqueadero. Llenos de miedo y sin internet o señal decidimos seguir caminando pero fue en vano, el sendero se volvió más amplio y parecía que no iba a ninguna parte. 

Comenzamos a caminar de regreso para dar con el punto donde nos habíamos desviado. El cansancio y el frío nos tenía con mal genio. Afortunadamente, encontramos una pareja que nos ayudó a ubicarnos y a localizar el punto donde nos habíamos desviados. A simple vista, pude percibir  que estas personas eran veteranos en el excursionismos, pues tan pronto sacaron sus mapas y sus artefactos para ubicarse, supe que nos habíamos salvado. 

Cerca del parqueadero, las  otras tres amigas,  nos divisaron en la lejanía, y las escuchamos llamarnos con emoción, para dejarnos saber que por fin nos habían encontrado. Ellas también estaban preocupadas. Con las piernas temblando del cansancio y el alma otra vez en el cuerpo nos subimos a los carros y emprendimos nuestro camino de vuelta. Volvimos a contemplar el atardecer desde las ventanas del carro  y llegamos a casa pasada las ocho de la noche.  

Un mes después, Sequoia and Kings Canyon National Park cerró sus puertas debido a los incendios que azotaron el Estado de California. Las secuoyas ahogadas en las llamas y el humo se han debido sentir solas y perdidas, pero afortunadamente no era nada que ya no hubieran vivido o a lo cual no hubieran sobrevivido. 

ANTES DE QUE SE ACABE.

Por: Maria Margarita Alvarez Ramos.

A finales del 2011 comencé a escuchar los rumores del fin del mundo, el calendario Maya predecía el fin para el 21 de diciembre de 2012. ¿ Que iba a pasar? ¿Cómo se extinguiría la raza humana ese día? ¿A qué hora del día? no tenía ni la más remota idea, pero desde ese momento comencé a imaginar los posibles escenarios. 

Un meteorito. Un diluvio. Un terremoto. Una bomba nuclear. Desvanecidos como por arte de magia. Por lo tanto, también imaginaba  la última cosa que haría antes  que el mundo se acabara y por ende muriera[ramos]. Besar al chico que me gustaba. Correr desnuda por el vecindario. Tirarme de un avión. Tener una última cena con toda mi familia. Hurtar un supermercado. Beber y perder la razón antes  que el mundo se acabara. Y si yo lo imaginé estoy segura que ustedes también, o no?

Sin embargo, lo inimaginable sucedió: el mundo se acabó y sobrevivimos. Parece chiste pero es anécdota. Ha sido increíble todo lo que vivimos como raza humana y como individuos durante este año, lejos de nuestras familias, encerrados, sin poder ver el mañana con claridad, en silencio y asustados.

El año comenzó, prometiendo ser el año de todos, lleno de viajes, metas y muchas ilusiones. Para mi era el segundo y último año viviendo en el extranjero y me propuse disfrutar y sacarle el máximo provecho. Los rumores sobre un virus, se estaban esparciendo por el mundo y estaban tomando fuerza, ya era tema de conversación, pero aun así casi nadie le prestaba atención. 

El 15 de marzo, todo cambió. El virus se había vuelto una amenaza y por la rápida y fácil propagación declararon una cuarentena indefinida. Con el corazón roto, cancelé hoteles y vuelos a Puerto Rico, donde pretendía pasar semana santa, al igual que todos mis planes y viajes que tenía en mente. Mi ánimo se fue al piso y mi escepticismo hacia el dichoso virus se estaba perdiendo.

Gracias a Dios, toda esta situación no afectó mi trabajo. Sin embargo, con la motivación perdida y desanimada me costaba levantarme a trabajar, me sentía muy cansada y con sueño todo el tiempo. Cuando terminaba de trabajar, me acostaba en un rincón de la cama y me quedaba dormida, me levantaba para cenar y a las diez me iba a dormir otra vez. Todo era tan triste, tan monótono, tan increíble.  Lo único que arreglaba el día era cuando me acordaba que había algo rico de comer en la nevera. Así me pasaba los días pensando qué iba a comer para el almuerzo cuando estaba desayunando, o cuál iba a ser mi merienda de la tarde, cuando estaba  almorzando.

Con todo cerrado y la fuerte amenaza de contagiarse, salir a la calle, cuando era necesario, era mortificante. En las aceras los transeúntes al verme venir en la misma dirección corrían al otro lado a toda prisa y recibía miradas de terror y pánico cuando por alguna razón, alejada del coronavirus, estornudaba. 

Los parques, parqueaderos y las calles estaban desiertas, no había un alma. En verdad estaba viviendo el fin del mundo. Muy a pesar de eso, los días eran soleados, la temperatura había comenzado a subir y poco a poco nos empezábamos a despojar de tanta ropa. La naturaleza comenzaba a resucitar y todo se llenaba de vida y color otra vez. Sin embargo, el asfalto estaba lleno de tapabocas y guantes, las manos y la ropa estaban desgastadas, de tanto antibacterial y cloro respectivamente.

Me asusté, me puse triste, me auto diagnostiqué coronavirus más de diez veces, estaba feliz de la vida en un momento y en otro era un mar de lágrimas. Pasaba horas frente al celular viendo instagram, facebook, youtube, me vi no se cuantas series en netflix, hablaba con mis papás por horas, a veces hablamos de todo, a veces solo nos contemplamos a través del teléfono en silencio, leía poco y escribía menos.

“No sé por qué diablos me engaño, diciendo que te olvidé cuando te extraño. Solo comparto memes, ya no escribo nada. Y no he borrado tu foto, solo la puse privada.”

Cuando veo a tu mamá, Bad Bunny.

Antes que el confinamiento comenzará me había inscrito en una universidad para tomar clases “ Una introducción a la escritura creativa: afrontando la página en blanco” Ya el bichito de la escritura me había picado y haber encontrado estas clases cayó como anillo al dedo. Estaba super emocionada, iba a experimentar la vida universitaria norteamericana y sobre todo  asistiría al campus, el cual es espectacular. ¿Y adivina qué? si, si, me tocó dar clases por Zoom. 

Duré aproximadamente tres meses recibiendo  clases, una vez por semana. Esto cambió mi vida durante el confinamiento y me mantuvo entretenida.   Ahora me la pasaba leyendo poemas, los cuales no entendía, y haciendo intentos de escribir algunos, nada exitosos. Leyendo cuentos cortos de escritores famosos y relatos increíbles de mis compañeros de clase. Intentando crear un hábito de escritura diaria y buscando inspiración hasta cuando iba a la droguería por pastillas para el resfriado.

De esta manera pase mi segundo capítulo de cuarentena, leyendo cosas increíbles, escribiendo bobadas; compartiendo algunas lecturas con mis papás y discutiendo sobre ellas; llorando de frustración cuando no podía poner mis ideas en la hoja en blanco; llorando de felicidad cuando el poder de mis ideas hacían correr las palabras como corrían las lágrimas en mi cara.

“Llorar nunca ha sido un delito y los días lluviosos, a veces, son los más bonitos.”

Antes de que se acabe, Bad Bunny.

Pasaba los fines de semana encerrada en el cuarto, mi ánimo había mejorado y ya no me costaba levantarme temprano, bañarme y alistarme para un nuevo día. A veces leía, a veces escribía, a veces me quedaba sin inspiración y veía un capítulo de “Anne with a E” (serie de netflix,  una producción brutal, fenomenal.) A veces me ponía los audífonos y escuchaba a Bad Bunny con el máximo volumen, mientras bailaba frente al espejo practicando nuevos pases de baile, tomados de tik-tok, o recordando los viejos. Para no perder la costumbre, tú sabes!

Finalmente, el verano tocó nuestras puertas, las clases en Stanford se acabaron, comencé unas nuevas clases de escritura creativa pero desde Colombia, con mi mamá de compañera de clase. Seguí escribiendo, leyendo, viendo televisión y redes sociales, comiendo y por fin, saliendo un poco más. Comencé a ver a mis amigas, a estar más afuera, a ir a tomar el sol al parque con mascarilla y a un metro de distancia. 

El verano iba viento en popa y a pesar de todo, lo estaba pasando muy bien. El sol brillaba más que nunca, el calorcito del caribe me hacía sentir en casa, los días largos y las noches frescas. Mi estado de ánimo mejoró muchísimo y me sentía muy feliz, afortunada y agradecida con Dios, con mis amigos, con la vida. En un abrir y cerrar de ojos junio y julio se desvanecieron dejando un montón de buenos recuerdos.

“Hoy me levanté contento, hoy me levanté feliz. Aunque dicen por ahí que están hablando de mí”

Estamos bien, Bad Bunny.

Bienvenido Agosto. Un día, como a eso de las cuatro a cinco de la mañana, el retumbar de  truenos y la luz de los rayos me despertó asustada. Un fenómeno raro en el área de la bahía de San Francisco, aquí no llueve con mucha frecuencia, y cuando sucede, no escuchas ni truenos, ni ves relámpagos. Presté poca atención y me volví a dormir.

Cuando desperté tres horas después la noticia ya estaba corriendo. Debido a la tormenta eléctrica se habían desatado algunos incendios. “Nada que un par de bomberos no pudieran apagar…” pero no. Los incendios se desataron en una descomunal magnitud y muchas personas perdieron sus casa, otras se vieron obligadas a evacuar y otras estaban listas para también hacerlo en cualquier momento del día. El cielo se tornó gris, caían cenizas y definitivamente no se podía salir de la casa.

Un día mientras volvía a casa, lo vi. Iba conduciendo en la autopista, dejando atrás el epicentro del incendio más cercano. Me bastó con mirar por el retrovisor y ver cómo el mundo se estaba acabando, otra vez. Parecía que estaba dentro de una película, un libro de terror, a mi espalda todo estaba gris, triste, apocalíptico y al frente se divisaba un pedazo de cielo azul, puro, limpio. Como cuando Noel después del diluvio divisó en la lejanía el arcoiris, un cielo despejado y por ende tierra firme.

Desafortunadamente, todo empeoró, los incendios incrementaron, la calidad del aire alcanzó niveles alarmantes, las personas que vivían cerca de los incendios estaban perdiendo todo en un parpadear y aún estábamos en medio de una pandemia.

Un mes después de que los incendios comenzaron, cuando se veía que todo estaba mejorando, el mundo se comenzó a acabar, nuevamente. El día comenzó como cualquier otro pero a medida que pasaban las horas se iba oscureciendo mucho más, hasta quedar atrapados en una nube de humo anaranjado. Suspendidos en el tiempo y el espacio. Las redes sociales estaban explotadas de fotografías y videos de como toda el área de la bahía de San Francisco se veía. 

Era suficiente con mirar por la ventana y ver una cosa de locos. Los focos permanecieron encendidos todo el día porque la oscuridad era a-po-ca-lip-ti-ca. No puedo decir mucho, las fotos hablan por sí solas. Fue increíble. 

A mediados de octubre lograron extinguir todos los incendios y la situación comenzó a mejorar. Volvimos a salir a la calle, a ir al parque a jugar con los amigos, a vivir buenos momentos y a divertirnos desde las restricciones que imponía  la situación de la pandemia, que aún no veía la luz al final del túnel. 

Octubre y noviembre también desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos y aquí estoy, amigos, aquí estamos, a 10 días de que el 2020 se acabe, aquí estamos después de haber sobrevivido al fin del mundo dos, tres veces… de haber pasado las duras y las maduras, de no se cuantas crisis existenciales, de rompimientos y divorcios, de embarazos, de fiestas por zoom, de subir algunos kilos, de ver todas las producciones de netflix, de escuchar dakiti mil veces…

Porque… “Baby, ya yo me enteré, se nota cuando me ves. Ahí donde no has llegado sabes que yo te llevaré. Y dime qué quieres beber, es que tú eres mi bebé ¿Y de nosotros quién va a hablar? Si no nos dejamos ver…” porque estamos encerrados por el coronavirus.

Antes que esto se acabe, hay que dejar claro que a pesar de todo, hemos sido muy valientes y supimos ponerle buena cara al mal tiempo, por más que nos costará. Que mal que nos tocará aprender a las malas la importancia de cuidar el medio ambiente, nuestra salud mental y física y a no esperar que una catástrofe o una calamidad pase para irle a preguntar al vecino si está bien.

 Diego Cadavid, un actor colombiado, dijo en su instagram “ Descubrí que puedo vivir sin restaurantes, aviones, tiendas o autos. Y confirme que no puedo vivir sin música, libros y películas. La diferencia  entre volverse loco o mantener la cordura la otorga el arte. Por eso, la cultura es un derecho humano de primera necesidad.” Por mi parte, yo también lo confirmo. Y ya saben que nada de esto fuera posible o asequible sino fuera por el señor Internet, San Google, zoom…

Antes que esto se acabe, quiero dar gracias a Dios, primero que todo, por todas las bendiciones, los buenos momentos, y los malos también, por la vida, la familia, la comida, el trabajo, la salud, los amigos, los retos y las dificultades. 

Les deseo una feliz navidad y un prospero año nuevo, lleno de bendiciones, aventuras, amor, mucha salud; que todos sus sueños se cumplan, que haya paz en sus corazones, billetes olvidados en sus bolsillos y Bad bunny en sus lista de reproducción para perrear hasta el suelo. 

Lo hicimos. Felicidades.

Un día bien, al otro mal. Así es la vida y eso no va a cambiar. A veces para sonreír hay que llorar. Cierra los ojos y aprende a volar.”

Antes de que se acabe, Bad Bunny.

BUSCANDO A MIS PADRES

Hace algunos años atrás, San Diego solía llegar a Remolino, con una bolsa de revistas bajo el brazo y emocionaba a una joven versión de mi padre tan pronto como él la divisaba en la lejanía del portón de entrada de la finca. Mi papá ya no recuerda si el verdadero nombre de esta pariente de mi abuela era San Diego o era solo un apodo, pero esas revistas llenas de información y fotografías que daban a conocer el mundo del baseball, por el que doña San Diego sentía mucha afición, sembraron en su joven corazón un interés, una pasión.

Inquieto por este deporte, ojeaba las revistas con mucha emoción, escuchaba las transmisiones de los partidos de baseball por la radio y jugo una que otra vez en las canchas, cuando dotaron al colegio con manillas, bates y pelotas; sin entrenador y con un escaso conocimiento de las reglas de juego, mi papá y sus compañeros de clase se divertían jugando, mientra se incrementaba en él la afición.

Así, llegó a la universidad donde tuvo la oportunidad de hacer parte del equipo de béisbol. Durante tres días, él y sus amigos asistieron a los entrenamientos en los cuales reclutan nuevos jugadores, pero el alto nivel de exigencia y estado físico los hizo desistir de la idea de hacer parte del equipo.

“… en las dos primeras prácticas bateamos todo lo que nos lanzaban. Durante el tercer día no alcanzabamos ni a ver venir la pelota hacia nosotros…:” dijo mi papá cuando me estaba contando esta historia. Por esta razón, terminó jugando softball, pero asegurando de una vez y por todas el amor y la admiración hacia este deporte.

No se pierde un juego, está al día con todo lo que pasa en el mundo del baseball y del softball, ya sea en Estados Unidos, en Colombia, en el Caribe o hasta en Asia, femenino o masculino. Pero sobre todo está pendiente de los jugadores colombianos que debutan en las grandes ligas, quienes hacen enloquecer su corazón de felicidad y de orgullo cada vez que pisan el campo de juego.

Este amor y fanatismo por la pelota caliente también lo llevó a su hogar, en donde sin tanto esfuerzo nos atrapó a todos, hijos y esposa, hasta el punto de practicarlo,  ir todos juntos a los estadios durante las temporadas y hasta perseguir a los jugadores por fotografías y autógrafos.

Escribiendo esto, recordé las tardes del mes de julio o junio, cuando se disputaba la temporada de baseball en Estados Unidos. A eso de las dos de la tarde, mi papá se sentaba frente al televisor a ver y disfrutar con tranquilidad sus sagrados juegos de béisbol. Mientras tanto, afuera, el sol brillaba más que nunca, los sanmarqueros tomaban la siesta a la sombra de los mangos, e intentaban huir del inclemente calor que azotaba la región caribe para esa época, y yo, me paseaba por toda la casa muerta del aburrimiento. 

Como buen fanático,  mí papá comenzó una colección, en su caso de gorras. Entre ellas había una gorra negra con unas lindas letras cursivas en blanco que decía “PADRES”. Siempre había llamado mí atención. Al principio creía que hacía referencia al rol que estaba desempeñando en nuestra familia, pero más tarde me enteré que era el nombre del equipo de béisbol de Grandes Ligas perteneciente a la ciudad de San Diego, California, en Estados Unidos.                

                        

Venir a los Estados Unidos, cuna del baseball, conllevaba tarde o temprado a toparme con el sueño de mí papá y con una gigantesca industria que mueve una cantidad de personas, dinero, comida y bebidas, y donde se vive a flor de piel el fanatismo y la rivalidad de los equipos que año tras año buscan consagrarse campeones de la serie mundial.

Aprovechando una semana de vacaciones con mí familia de acogida, viajé hasta el sur del estado de California, a San Diego, una ciudad crucial en mí búsqueda de conocer un poco más sobre el mundo del baseball en este país. Mi aventura tuvo comienzo en Oceanside, una linda ciudad costera, al norte de San Diego, donde durante los días que estuve el sol salió a las 10:00 de la mañana, después de mantenerse oculto tras una espesa neblina y amenazar con arruinar nuestros planes. 

Tan pronto el sol salía, empedernidos pescadores que acampaban en el muelle frente al hotel, salían a divertir a una multitud de curiosos turistas que formaban un jolgorio cuando el desafortunado pescado picaba el anzuelo y luego iba a ser escamado y destripado en los puntos especiales que tenía el muelle.

Guapos surfistas se preparaban para surfear, familias se instalan en la playa para sus BBQ’s y entusiasmados adolescentes, vestidos con sudaderas, bermudas y vans con medias hasta la mitad de la pierna, compartiendo sus mejores pasos de break dance o paseaban en sus bicicletas. Los verdaderos Chicanos.  La ciudad cobraba vida y se llenaba de felicidad. Al final del día todos parecían un camarón rostizado por el sol.

Al día siguiente decidí seguir explorando y de Oceanside me traslade a San Diego. San Diego es una ciudad costera ubicada al sur del estado de California, popular por sus playas, el zoológico, el parque temático Sea World, una descomunal flota naval activa y por estar a unos pasitos de la frontera con México. La cual le permite estar fuertemente influenciada por la cultura Mexicana. 

Localicé la estación de tren más cercana con la ayuda del teléfono, inspeccionélas rutas y compré los ticket a través de una aplicación. Una hora después estaba llegando a San Diego, y usando un sombrerito de animal print, inicié mí nueva aventura desplazándome a toda velocidad en una Scooter (Monopatín eléctrico), por las amplias calles de la ciudad natal de Kris Jenner, mamá del clan Kardashian, rumbo al  Zoológico. Desafortunadamente,  me perdí y llena de indignación me tocó bajarme de la scooter y pedir un uber para llegar lo más pronto posible a mi destino. 

Dentro del zoológico, quedé fascinada con la majestuosidad del rey de la selva y su señora reina (el león y la leona); Los gorilas se me hicieron tan humanos que lo único que pensaba era que había una persona dentro de ese disfraz tan real; las elegantes jirafas se paseaban de un lado a otro con pasos lentos pero seguros, comiendo las hojas más altas de los árboles. 

El lugar es inmenso y entre los feroces gaticos y los osos, olas de seres humanos acalorados y derretidos inundaban las instalaciones del zoológico.  Los primates, por otra parte, daban espectáculos balanceándose de una rama a otra y la mayoría de las aves se zambullían en el agua para refrescarse del caluroso día de verano en la Baja California.

En los más de 4.000 animales de más 800 especies distintas con los que cuenta el zoológico, vi ojos clamando por atención, pero también vi ojos frustrados, asustados y llenos de estrés. Todo era bonito, pero aterrador al mismo tiempo. Encerrados, pero a salvo.  Vivos, pero sentenciados…

Mí parte favorita fue encontrar en un estanque de flamingos una pareja de chavarrí ( aves que habitan en la zona cenagosa de la Depresión Momposina colombiana ) Estos feroces e inseparables animales, los cuales tienen plumas y pelos, me hicieron recordar los mejores días de mí vida, cuando mis hermanos y yo los azuzabamos en la finca San Ramón al ir a visitar a la abuela Tita y al abuelo Cristo. En este momento el enlace de mis recuerdos, me hizo comprender lo afortunada y bendecida que he sido.

Mi día terminó en un Dunkin Donut. Siete meses y por fin las había encontrado. Comí y llevé media docena de vueltas al hotel. Quisiera decir que estaban tan ricas como esas que compramos nosotros los costeños cada vez que vamos a Bogotá y las llevamos de vuelta a casa, pero no,  estas Donas no lo estaban.

Caminé de vuelta a la estación del tren, llena de alegría y azúcar procesada corriendo por mis venas, mientras tomaba fotos y admiraba la ciudad. Al llegar a la estación, muy de repente una señora me detuvo y me dijo que si podía darle una de mis donas. Un poco confundida y asustada metí rápidamente la mano en la bolsa, tome una dona al azar, la obsequié y me alejé lo más pronto posible.

Durante mis días en San Diego, ya fuera por las mañanas cuando iba a tomar el tren o por las noche cuando llegaba de vuelta a Oceanside siempre me encontraba con habitantes de la calle alterados y peleando los unos con los otros. Me agarraba de todos los santos, cambiaba mí ruta o caminaba al lado de alguien para que no creyeran que iba sola, y quizás, yo qué se…  me atacaran. 

A pesar de que Estados Unidos es un país popularmente seguro, no está exento de peligros. La indigencia es una situación consecuencia de muchos factores como el alcoholismo y la adicción a sustancias alucinógenas, pero sobre todo debido al alto precio de las rentas de casas en Estados Unidos que años tras años dejan a millones de personas sin hogar, obligándolas, a muchas de ellas, a vivir en la calle. El estado de California tiene la cifra más alta de personas sin hogar en el país, según Los Angeles Time.

Finalmente, en mi último día las letras cursivas de la gorra negra vieron la luz, e iba  camino a descifrar el enigma y encontrar a “Los Padres” conocer más sobre ellos y el origen de su nombre. Volví a San Diego, pero esta vez para visitar el Petco Park, hogar de Los Padres. Un gigantesco estadio con capacidad para albergar a casi toda la población san marquera.

Durante estos días de verano, cuando mí papá veía los partidos de baseball, algunas veces les prestaba atención  y me parecía muy curioso el hecho de que dentro de la MLB (major league Baseball) existiera  un equipo con un nombre en español. A menudo, escuchaba mencionar a los famosisimos Yankees (New York), Giants (San Francisco), Braves (Atlanta), Marlins (Miami), Indians (Cleveland), Cubs (chicago) y luego saltaban de repente los Padres, pronunciado de manera muy chistosa por un locutor gringo al cual le costaba pronunciar la R. ( Los equipos anteriores fueron intencionalmente mencionados ya que cuentan con uno o más jugadores Colombianos en la actualidad)

Y gracias a Dios y a mis papás,  aquí estaba, en San Diego y  frente a las instalaciones del Petco Park, para descubrir qué relación había entre Los Padres y los gringos.  El estadio es un espectáculo, cuenta con un museo, tiendas de ropa y un montón de puestos de comida y cerveza. Si crees que los colombianos son los únicos que venden la comida dentro de los estadios al doble del precio original, entonces te equivocas. 

Y gracias a Dios y a mis papás,  aquí estaba, en San Diego y  frente a las instalaciones del Petco Park, para descubrir qué relación había entre Los Padres y los gringos.  El estadio es un espectáculo, cuenta con un museo, tiendas de ropa y un montón de puestos de comida y cerveza.

Si crees que los colombianos son los únicos que venden la comida dentro de los estadios al doble del precio original, entonces te equivocas. 

El primer estadio de Baseball de Grandes Ligas que pise fue el Oracle Park, casa de los San Francisco Giants, un día que por accidente llegué a un festival para los fanáticos. Mis ojos se aguaron y mi piel se erizo al ir entrando al estadio. Me llené de tanta emoción por mí y por mí papá que le envié como 100mil fotos y hasta lo llamé para hacerle un tour por las instalaciones del majestuoso parque de pelota.

Por ende, disfrutar de mí primer juego de Grandes Ligas con Los Padres de San Diego fue algo sinigual,  fantástico e inolvidable. Los fanáticos disfrutaron tranquilamente del juego comiendo, hablando y mostrando sus mejores movimientos dancísticos para salir en la pantalla gigante. La algarabía se apoderó del parque de pelota cada vez que llegaba el turno al bate del tercera base de Los Padres, “el ministro”, Manny Machado. La ovación era verídica y la emoción hasta yo la sentía.

En febrero del 2019, el dominicano, Manny Machado, firmó un contrato de diez años con Los Padres de San Diego por 300 millones de dólares, posicionándolo en el puesto número 5 del top de los cien deportistas mejor pagados de América del Norte.

El enigma de la gorra negra llegó a su fin, cuando un gracioso monje de peluche subió a las gradas a saludar, lanzar camisetas y tomarse fotos con los fanáticos. Era la mascota de Los Padres de San Diego. Así me enteré que el equipo de Grandes Ligas había tomado su nombre en honor a los fundadores de San Diego: los Frailes franciscanos españoles.

Satisfecha con mi encuentro con Los Padres, aún me quedaba algo de tiempo en mi aventura y me dirigí al Old town San Diego. Una réplica de un vecindario de la vieja y primitiva ciudad. Me sentí caminando en un vecindario Mexicano lleno de museos, hoteles, restaurantes y tiendas con artesanías y ropa.Al final del recorrido por el viejo San Diego, me deleité con una cazuela de mariscos al mejor estilo mexicano, con mucho picante, y una rara Riviera Maya que era más azúcar que tequila.

La gorra negra, que en manos de mi papá vio perder la Serie Mundial a su equipo, iba al colegio por las tardes, correteaba los chavari en la finca y le recordaba que tenía hijos, para que no los dejara olvidados en algún lugar, ha perdido protagonismo. Ahora se encuentra colgada de un perchero que construyó mí papá para coleccionar gorras, está aguada, descolorida y se le ha descosido la letra D de su lindo bordado, pero tiene el mejor lugar en mi corazón.