AQUELARRE A LA SOMBRA DE LAS SECUOYAS.

Sequoia & kings canyon national park, ubicado en las montañas de Sierra Nevada, al sur-este del estado de California, fue el destino que para el final del verano un grupo de amigos y yo escogimos para acampar. La aventura comenzó un sábado antes que el sol saliera, empacamos las maletas e iniciamos nuestro recorrido, que duró casi cinco horas.

Hace unos amaneceres atrás, cuando el sol brillaba fuerte y el calor del verano aún nos agitaba, el viento nos llevó a visitar una tierra de gigantes. Un paraíso escondido en la montaña, asequible en el verano, pero perdido en el invierno. Caminando entre secuoyas viajamos en el tiempo, algunas nos susurraron sus secretos, sus misterios más enigmáticos, sus trucos contra el mal tiempo y el paso de los años.

Para pasar el fin de semana, rentamos un spot (espacio) en un campground, por 56 dólares la noche. Y con mi pasada experiencia en Yosemite le aconsejé a mis amigas qué debían llevar para no morir en el intento. Pero ¡ Oh sorpresa! El lugar que reservamos estaba en medio de la nada, y aunque tenía lo que había prometido: dos mesas y una hornilla, solo contaba con un baño para todos los miembros de mi campamentos y de los campamentos vecinos. El baño era una especie de letrina, con un solo trono y un hoyo en el piso donde caían todos los desechos, además había diminuto lavamano.     ¡ Olia horrible! 

Tan pronto llegamos, nos colocamos a armar las tiendas, antes que el sol calentara más y el resplandor y el polvorín nos arrebatara el buen ánimo. Desafortunadamente, la terca carpa no se quiso dejar armar de la forma correcta y después de varios intentos decidimos dejarla como estaba: chueca, de pie pero chueca. 

Mucho bloqueador, agua y gorras y por fin nos dirigimos a nuestro primer destino, Moro rock Trail. Conducimos por una serpenteante carretera llena de rocas y altas e indomables secuoyas a los lados. Me sentía sumergida en lo más profundo del bosque, diminuta en la inmensidad de los árboles, distante en la altura de las montañas. 

Al llegar al lugar, parqueamos y comenzamos a ascender. Roca Moro es una gran cúpula de granito que se puede apreciar desde arriba o desde abajo cuando vas por la carretera. El sendero para llegar hasta la cima es una escalera de piedra y hormigón con más de 350 escalones. Es considerado de una intensidad moderada pero con tráfico pesado

El sendero es bastante angosto, pero la vista a ambos lados es espectacular. Subiendo escalones, caminando por  pasillos de piedra, a veces con una pared de piedra a un lado y con un balcón de vista panorámica al otro. En la cima encontramos una especie de balcón, donde  a la derecha se veía la carretera que en zigzag descendía hasta llegar al valle, y  a la izquierda inmensas montañas, secuoyas, animales escondidos y quien sabe cuantos misterios.

El cielo azul estaba acompañado de gigantescas y hermosas nubes. Algunas arropaban los picos de las montañas y otras escapaban de ellos. Todo se veía tan sublime e impenetrable que dudaba de la  presencia de la raza humana en alguna de las majestuosas montañas a mi vista.

Nuestra siguiente parada fue en el Giant Forest, un bosque acondicionado con un trail para caminar por entre las más gigantes secuoyas. Dentro del bosque gigante encontramos al General Sherman, el árbol más alto del mundo, 83 metros de alto y 11 metros de diámetro en la base. Un ser vivo descomunal pero maravilloso. La marea de personas hacían filas para tener una foto junto a él o por lo menos con la parte inferior. Recorrimos el bosque contemplando los árboles, imaginando todo lo que habrán visto y escuchado.

Entre muchas de las particulares de estos rascacielos naturales, encontramos que solo existen en las zonas montañosas de Estados Unidos y que entre los más populares encontramos la secuoya gigante y la secuoya roja. A pesar de que provienen de la misma familia son de especies diferentes pero con propiedades parecidas.

Entre los más voluminosos encontramos el ya antes mencionado General Sherman, secuoya gigante, y entre el más alto Hyperion, una secuoya roja. Esos árboles deben vivir en las alturas para que sus piñones se abran y se esparzan las semillas. Su longevidad puede llegar hasta los 2000 años. 

Otra curiosidad de las secuoyas gigantes es que su madera no es apta para hacer muebles porque es de una textura muy frágil. Por el contrario, las secuoyas rojas cuentan con una madera propicia para hacer muebles ya que es resistente, dura y no habitan termitas en ella.

La corteza de estos árboles no poseen resinas inflamables lo que los hacen resistentes al fuego. Gracias a esta estupenda característica, la madera de las secuoyas rojas se utilizó para construir casi todas las edificaciones de la ciudad de San Francisco a finales del siglo XIX.

Desafortunadamente, desde la llegada de los europeos al continente Americano hasta nuestros días la población de secuoyas ha disminuido en un 95%, debido a la tala indiscriminada. Es por ello que en la actualidad estos parques naturales son pieza clave para la protección y reforestación de las secuoyas y de la fauna y flora que se ha visto amenazada por la mano del hombre. 

Cuando el sol comenzó a ponerse y la temperatura a bajar, regresamos al campamento. En el camino vimos el cielo pintarse de colores y los arreboles me hicieron sentir muy lejos de casa. El atardecer se llevaba con sosiego al sol y llenas de júbilo, las estrellas comenzaban a danzar en el cielo oscuro. 

Hicimos un gran esfuerzo para llegar al campamento antes de que los últimos rayos del sol se extinguieran en el horizontes, sin embargo, nos perdimos y tomamos caminos que no debíamos. Sin señal y sin internet divagamos un rato, hasta que por fin llegamos al campamento.

Cansadas pero sin sueño y en medio de una oscuridad encendimos la fogata, comimos lo que pudimos y admiré el cielo estrellado sin aliento y sin descanso, desde lo más alto hasta lo más profundo. Bailamos bajo las estrellas y alrededor de una fogata quemamos las penas que nos afligen, el pasado que no vuelve y las pesadillas que nos enloquecen. A la sombra de las secuoyas pactamos no olvidar los rascacielos naturales, los buenos amigos, la vida y las bellezas que tiene la madre naturaleza. 

Por la mañana preparamos el desayuno lamentandonos de haber olvidado las 30 arepas que habíamos preparado el viernes por la noche. Después de comernos una especie de hotdog con jugo de naranja,  preparar hamburguesas para el almuerzo, y recoger las carpas, nos dirigimos a nuestro último destino. 

En este último día hicimos un hiking. Nos tomó casi dos horas llegar hasta el lugar. El camino fue sencillo, pero largo y valió completamente la pena. La vegetación disminuyó y ante nosotros surgió un lago de aguas claras, tranquilo y un poco pequeño. Los rayos del sol hacían que brillara y pedía a gritos que nos dieramos un chapuzón. Algunas de mis amigas nadaron y otras nos sentamos a la sombra a contemplar este recóndito lugar al que quizás nunca en nuestra vida volveríamos.

Empacamos nuestras cosas y comenzamos el descenso. En el último tramo del camino, tres de nuestras amigas se nos adelantaron mientras el resto quedó atrás a paso firme pero lento. Después de un rato, cuando ya las habíamos perdido de vista, el camino se torno algo diferente. En un momento manifesté  mi inquietud que posiblemente íbamos por el camino incorrecto, pero nadie me prestó atención. Hasta que fue indiscutible, ya habíamos caminado cerca de 40 minutos y aún no encontrábamos el parqueadero. Llenos de miedo y sin internet o señal decidimos seguir caminando pero fue en vano, el sendero se volvió más amplio y parecía que no iba a ninguna parte. 

Comenzamos a caminar de regreso para dar con el punto donde nos habíamos desviado. El cansancio y el frío nos tenía con mal genio. Afortunadamente, encontramos una pareja que nos ayudó a ubicarnos y a localizar el punto donde nos habíamos desviados. A simple vista, pude percibir  que estas personas eran veteranos en el excursionismos, pues tan pronto sacaron sus mapas y sus artefactos para ubicarse, supe que nos habíamos salvado. 

Cerca del parqueadero, las  otras tres amigas,  nos divisaron en la lejanía, y las escuchamos llamarnos con emoción, para dejarnos saber que por fin nos habían encontrado. Ellas también estaban preocupadas. Con las piernas temblando del cansancio y el alma otra vez en el cuerpo nos subimos a los carros y emprendimos nuestro camino de vuelta. Volvimos a contemplar el atardecer desde las ventanas del carro  y llegamos a casa pasada las ocho de la noche.  

Un mes después, Sequoia and Kings Canyon National Park cerró sus puertas debido a los incendios que azotaron el Estado de California. Las secuoyas ahogadas en las llamas y el humo se han debido sentir solas y perdidas, pero afortunadamente no era nada que ya no hubieran vivido o a lo cual no hubieran sobrevivido. 

Publicado por MariaMargaritaAlvaram

Hola, soy Margui. Tengo 22 años y soy de Colombia. Mi vida ha estado llena de aventuras ultimamente y espero que te diviertas leyendolas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: