ANTES DE QUE SE ACABE.

Por: Maria Margarita Alvarez Ramos.

A finales del 2011 comencé a escuchar los rumores del fin del mundo, el calendario Maya predecía el fin para el 21 de diciembre de 2012. ¿ Que iba a pasar? ¿Cómo se extinguiría la raza humana ese día? ¿A qué hora del día? no tenía ni la más remota idea, pero desde ese momento comencé a imaginar los posibles escenarios. 

Un meteorito. Un diluvio. Un terremoto. Una bomba nuclear. Desvanecidos como por arte de magia. Por lo tanto, también imaginaba  la última cosa que haría antes  que el mundo se acabara y por ende muriera[ramos]. Besar al chico que me gustaba. Correr desnuda por el vecindario. Tirarme de un avión. Tener una última cena con toda mi familia. Hurtar un supermercado. Beber y perder la razón antes  que el mundo se acabara. Y si yo lo imaginé estoy segura que ustedes también, o no?

Sin embargo, lo inimaginable sucedió: el mundo se acabó y sobrevivimos. Parece chiste pero es anécdota. Ha sido increíble todo lo que vivimos como raza humana y como individuos durante este año, lejos de nuestras familias, encerrados, sin poder ver el mañana con claridad, en silencio y asustados.

El año comenzó, prometiendo ser el año de todos, lleno de viajes, metas y muchas ilusiones. Para mi era el segundo y último año viviendo en el extranjero y me propuse disfrutar y sacarle el máximo provecho. Los rumores sobre un virus, se estaban esparciendo por el mundo y estaban tomando fuerza, ya era tema de conversación, pero aun así casi nadie le prestaba atención. 

El 15 de marzo, todo cambió. El virus se había vuelto una amenaza y por la rápida y fácil propagación declararon una cuarentena indefinida. Con el corazón roto, cancelé hoteles y vuelos a Puerto Rico, donde pretendía pasar semana santa, al igual que todos mis planes y viajes que tenía en mente. Mi ánimo se fue al piso y mi escepticismo hacia el dichoso virus se estaba perdiendo.

Gracias a Dios, toda esta situación no afectó mi trabajo. Sin embargo, con la motivación perdida y desanimada me costaba levantarme a trabajar, me sentía muy cansada y con sueño todo el tiempo. Cuando terminaba de trabajar, me acostaba en un rincón de la cama y me quedaba dormida, me levantaba para cenar y a las diez me iba a dormir otra vez. Todo era tan triste, tan monótono, tan increíble.  Lo único que arreglaba el día era cuando me acordaba que había algo rico de comer en la nevera. Así me pasaba los días pensando qué iba a comer para el almuerzo cuando estaba desayunando, o cuál iba a ser mi merienda de la tarde, cuando estaba  almorzando.

Con todo cerrado y la fuerte amenaza de contagiarse, salir a la calle, cuando era necesario, era mortificante. En las aceras los transeúntes al verme venir en la misma dirección corrían al otro lado a toda prisa y recibía miradas de terror y pánico cuando por alguna razón, alejada del coronavirus, estornudaba. 

Los parques, parqueaderos y las calles estaban desiertas, no había un alma. En verdad estaba viviendo el fin del mundo. Muy a pesar de eso, los días eran soleados, la temperatura había comenzado a subir y poco a poco nos empezábamos a despojar de tanta ropa. La naturaleza comenzaba a resucitar y todo se llenaba de vida y color otra vez. Sin embargo, el asfalto estaba lleno de tapabocas y guantes, las manos y la ropa estaban desgastadas, de tanto antibacterial y cloro respectivamente.

Me asusté, me puse triste, me auto diagnostiqué coronavirus más de diez veces, estaba feliz de la vida en un momento y en otro era un mar de lágrimas. Pasaba horas frente al celular viendo instagram, facebook, youtube, me vi no se cuantas series en netflix, hablaba con mis papás por horas, a veces hablamos de todo, a veces solo nos contemplamos a través del teléfono en silencio, leía poco y escribía menos.

“No sé por qué diablos me engaño, diciendo que te olvidé cuando te extraño. Solo comparto memes, ya no escribo nada. Y no he borrado tu foto, solo la puse privada.”

Cuando veo a tu mamá, Bad Bunny.

Antes que el confinamiento comenzará me había inscrito en una universidad para tomar clases “ Una introducción a la escritura creativa: afrontando la página en blanco” Ya el bichito de la escritura me había picado y haber encontrado estas clases cayó como anillo al dedo. Estaba super emocionada, iba a experimentar la vida universitaria norteamericana y sobre todo  asistiría al campus, el cual es espectacular. ¿Y adivina qué? si, si, me tocó dar clases por Zoom. 

Duré aproximadamente tres meses recibiendo  clases, una vez por semana. Esto cambió mi vida durante el confinamiento y me mantuvo entretenida.   Ahora me la pasaba leyendo poemas, los cuales no entendía, y haciendo intentos de escribir algunos, nada exitosos. Leyendo cuentos cortos de escritores famosos y relatos increíbles de mis compañeros de clase. Intentando crear un hábito de escritura diaria y buscando inspiración hasta cuando iba a la droguería por pastillas para el resfriado.

De esta manera pase mi segundo capítulo de cuarentena, leyendo cosas increíbles, escribiendo bobadas; compartiendo algunas lecturas con mis papás y discutiendo sobre ellas; llorando de frustración cuando no podía poner mis ideas en la hoja en blanco; llorando de felicidad cuando el poder de mis ideas hacían correr las palabras como corrían las lágrimas en mi cara.

“Llorar nunca ha sido un delito y los días lluviosos, a veces, son los más bonitos.”

Antes de que se acabe, Bad Bunny.

Pasaba los fines de semana encerrada en el cuarto, mi ánimo había mejorado y ya no me costaba levantarme temprano, bañarme y alistarme para un nuevo día. A veces leía, a veces escribía, a veces me quedaba sin inspiración y veía un capítulo de “Anne with a E” (serie de netflix,  una producción brutal, fenomenal.) A veces me ponía los audífonos y escuchaba a Bad Bunny con el máximo volumen, mientras bailaba frente al espejo practicando nuevos pases de baile, tomados de tik-tok, o recordando los viejos. Para no perder la costumbre, tú sabes!

Finalmente, el verano tocó nuestras puertas, las clases en Stanford se acabaron, comencé unas nuevas clases de escritura creativa pero desde Colombia, con mi mamá de compañera de clase. Seguí escribiendo, leyendo, viendo televisión y redes sociales, comiendo y por fin, saliendo un poco más. Comencé a ver a mis amigas, a estar más afuera, a ir a tomar el sol al parque con mascarilla y a un metro de distancia. 

El verano iba viento en popa y a pesar de todo, lo estaba pasando muy bien. El sol brillaba más que nunca, el calorcito del caribe me hacía sentir en casa, los días largos y las noches frescas. Mi estado de ánimo mejoró muchísimo y me sentía muy feliz, afortunada y agradecida con Dios, con mis amigos, con la vida. En un abrir y cerrar de ojos junio y julio se desvanecieron dejando un montón de buenos recuerdos.

“Hoy me levanté contento, hoy me levanté feliz. Aunque dicen por ahí que están hablando de mí”

Estamos bien, Bad Bunny.

Bienvenido Agosto. Un día, como a eso de las cuatro a cinco de la mañana, el retumbar de  truenos y la luz de los rayos me despertó asustada. Un fenómeno raro en el área de la bahía de San Francisco, aquí no llueve con mucha frecuencia, y cuando sucede, no escuchas ni truenos, ni ves relámpagos. Presté poca atención y me volví a dormir.

Cuando desperté tres horas después la noticia ya estaba corriendo. Debido a la tormenta eléctrica se habían desatado algunos incendios. “Nada que un par de bomberos no pudieran apagar…” pero no. Los incendios se desataron en una descomunal magnitud y muchas personas perdieron sus casa, otras se vieron obligadas a evacuar y otras estaban listas para también hacerlo en cualquier momento del día. El cielo se tornó gris, caían cenizas y definitivamente no se podía salir de la casa.

Un día mientras volvía a casa, lo vi. Iba conduciendo en la autopista, dejando atrás el epicentro del incendio más cercano. Me bastó con mirar por el retrovisor y ver cómo el mundo se estaba acabando, otra vez. Parecía que estaba dentro de una película, un libro de terror, a mi espalda todo estaba gris, triste, apocalíptico y al frente se divisaba un pedazo de cielo azul, puro, limpio. Como cuando Noel después del diluvio divisó en la lejanía el arcoiris, un cielo despejado y por ende tierra firme.

Desafortunadamente, todo empeoró, los incendios incrementaron, la calidad del aire alcanzó niveles alarmantes, las personas que vivían cerca de los incendios estaban perdiendo todo en un parpadear y aún estábamos en medio de una pandemia.

Un mes después de que los incendios comenzaron, cuando se veía que todo estaba mejorando, el mundo se comenzó a acabar, nuevamente. El día comenzó como cualquier otro pero a medida que pasaban las horas se iba oscureciendo mucho más, hasta quedar atrapados en una nube de humo anaranjado. Suspendidos en el tiempo y el espacio. Las redes sociales estaban explotadas de fotografías y videos de como toda el área de la bahía de San Francisco se veía. 

Era suficiente con mirar por la ventana y ver una cosa de locos. Los focos permanecieron encendidos todo el día porque la oscuridad era a-po-ca-lip-ti-ca. No puedo decir mucho, las fotos hablan por sí solas. Fue increíble. 

A mediados de octubre lograron extinguir todos los incendios y la situación comenzó a mejorar. Volvimos a salir a la calle, a ir al parque a jugar con los amigos, a vivir buenos momentos y a divertirnos desde las restricciones que imponía  la situación de la pandemia, que aún no veía la luz al final del túnel. 

Octubre y noviembre también desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos y aquí estoy, amigos, aquí estamos, a 10 días de que el 2020 se acabe, aquí estamos después de haber sobrevivido al fin del mundo dos, tres veces… de haber pasado las duras y las maduras, de no se cuantas crisis existenciales, de rompimientos y divorcios, de embarazos, de fiestas por zoom, de subir algunos kilos, de ver todas las producciones de netflix, de escuchar dakiti mil veces…

Porque… “Baby, ya yo me enteré, se nota cuando me ves. Ahí donde no has llegado sabes que yo te llevaré. Y dime qué quieres beber, es que tú eres mi bebé ¿Y de nosotros quién va a hablar? Si no nos dejamos ver…” porque estamos encerrados por el coronavirus.

Antes que esto se acabe, hay que dejar claro que a pesar de todo, hemos sido muy valientes y supimos ponerle buena cara al mal tiempo, por más que nos costará. Que mal que nos tocará aprender a las malas la importancia de cuidar el medio ambiente, nuestra salud mental y física y a no esperar que una catástrofe o una calamidad pase para irle a preguntar al vecino si está bien.

 Diego Cadavid, un actor colombiado, dijo en su instagram “ Descubrí que puedo vivir sin restaurantes, aviones, tiendas o autos. Y confirme que no puedo vivir sin música, libros y películas. La diferencia  entre volverse loco o mantener la cordura la otorga el arte. Por eso, la cultura es un derecho humano de primera necesidad.” Por mi parte, yo también lo confirmo. Y ya saben que nada de esto fuera posible o asequible sino fuera por el señor Internet, San Google, zoom…

Antes que esto se acabe, quiero dar gracias a Dios, primero que todo, por todas las bendiciones, los buenos momentos, y los malos también, por la vida, la familia, la comida, el trabajo, la salud, los amigos, los retos y las dificultades. 

Les deseo una feliz navidad y un prospero año nuevo, lleno de bendiciones, aventuras, amor, mucha salud; que todos sus sueños se cumplan, que haya paz en sus corazones, billetes olvidados en sus bolsillos y Bad bunny en sus lista de reproducción para perrear hasta el suelo. 

Lo hicimos. Felicidades.

Un día bien, al otro mal. Así es la vida y eso no va a cambiar. A veces para sonreír hay que llorar. Cierra los ojos y aprende a volar.”

Antes de que se acabe, Bad Bunny.

Publicado por MariaMargaritaAlvaram

Hola, soy Margui. Tengo 22 años y soy de Colombia. Mi vida ha estado llena de aventuras ultimamente y espero que te diviertas leyendolas.

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