BUSCANDO A MIS PADRES

Hace algunos años atrás, San Diego solía llegar a Remolino, con una bolsa de revistas bajo el brazo y emocionaba a una joven versión de mi padre tan pronto como él la divisaba en la lejanía del portón de entrada de la finca. Mi papá ya no recuerda si el verdadero nombre de esta pariente de mi abuela era San Diego o era solo un apodo, pero esas revistas llenas de información y fotografías que daban a conocer el mundo del baseball, por el que doña San Diego sentía mucha afición, sembraron en su joven corazón un interés, una pasión.

Inquieto por este deporte, ojeaba las revistas con mucha emoción, escuchaba las transmisiones de los partidos de baseball por la radio y jugo una que otra vez en las canchas, cuando dotaron al colegio con manillas, bates y pelotas; sin entrenador y con un escaso conocimiento de las reglas de juego, mi papá y sus compañeros de clase se divertían jugando, mientra se incrementaba en él la afición.

Así, llegó a la universidad donde tuvo la oportunidad de hacer parte del equipo de béisbol. Durante tres días, él y sus amigos asistieron a los entrenamientos en los cuales reclutan nuevos jugadores, pero el alto nivel de exigencia y estado físico los hizo desistir de la idea de hacer parte del equipo.

“… en las dos primeras prácticas bateamos todo lo que nos lanzaban. Durante el tercer día no alcanzabamos ni a ver venir la pelota hacia nosotros…:” dijo mi papá cuando me estaba contando esta historia. Por esta razón, terminó jugando softball, pero asegurando de una vez y por todas el amor y la admiración hacia este deporte.

No se pierde un juego, está al día con todo lo que pasa en el mundo del baseball y del softball, ya sea en Estados Unidos, en Colombia, en el Caribe o hasta en Asia, femenino o masculino. Pero sobre todo está pendiente de los jugadores colombianos que debutan en las grandes ligas, quienes hacen enloquecer su corazón de felicidad y de orgullo cada vez que pisan el campo de juego.

Este amor y fanatismo por la pelota caliente también lo llevó a su hogar, en donde sin tanto esfuerzo nos atrapó a todos, hijos y esposa, hasta el punto de practicarlo,  ir todos juntos a los estadios durante las temporadas y hasta perseguir a los jugadores por fotografías y autógrafos.

Escribiendo esto, recordé las tardes del mes de julio o junio, cuando se disputaba la temporada de baseball en Estados Unidos. A eso de las dos de la tarde, mi papá se sentaba frente al televisor a ver y disfrutar con tranquilidad sus sagrados juegos de béisbol. Mientras tanto, afuera, el sol brillaba más que nunca, los sanmarqueros tomaban la siesta a la sombra de los mangos, e intentaban huir del inclemente calor que azotaba la región caribe para esa época, y yo, me paseaba por toda la casa muerta del aburrimiento. 

Como buen fanático,  mí papá comenzó una colección, en su caso de gorras. Entre ellas había una gorra negra con unas lindas letras cursivas en blanco que decía “PADRES”. Siempre había llamado mí atención. Al principio creía que hacía referencia al rol que estaba desempeñando en nuestra familia, pero más tarde me enteré que era el nombre del equipo de béisbol de Grandes Ligas perteneciente a la ciudad de San Diego, California, en Estados Unidos.                

                        

Venir a los Estados Unidos, cuna del baseball, conllevaba tarde o temprado a toparme con el sueño de mí papá y con una gigantesca industria que mueve una cantidad de personas, dinero, comida y bebidas, y donde se vive a flor de piel el fanatismo y la rivalidad de los equipos que año tras año buscan consagrarse campeones de la serie mundial.

Aprovechando una semana de vacaciones con mí familia de acogida, viajé hasta el sur del estado de California, a San Diego, una ciudad crucial en mí búsqueda de conocer un poco más sobre el mundo del baseball en este país. Mi aventura tuvo comienzo en Oceanside, una linda ciudad costera, al norte de San Diego, donde durante los días que estuve el sol salió a las 10:00 de la mañana, después de mantenerse oculto tras una espesa neblina y amenazar con arruinar nuestros planes. 

Tan pronto el sol salía, empedernidos pescadores que acampaban en el muelle frente al hotel, salían a divertir a una multitud de curiosos turistas que formaban un jolgorio cuando el desafortunado pescado picaba el anzuelo y luego iba a ser escamado y destripado en los puntos especiales que tenía el muelle.

Guapos surfistas se preparaban para surfear, familias se instalan en la playa para sus BBQ’s y entusiasmados adolescentes, vestidos con sudaderas, bermudas y vans con medias hasta la mitad de la pierna, compartiendo sus mejores pasos de break dance o paseaban en sus bicicletas. Los verdaderos Chicanos.  La ciudad cobraba vida y se llenaba de felicidad. Al final del día todos parecían un camarón rostizado por el sol.

Al día siguiente decidí seguir explorando y de Oceanside me traslade a San Diego. San Diego es una ciudad costera ubicada al sur del estado de California, popular por sus playas, el zoológico, el parque temático Sea World, una descomunal flota naval activa y por estar a unos pasitos de la frontera con México. La cual le permite estar fuertemente influenciada por la cultura Mexicana. 

Localicé la estación de tren más cercana con la ayuda del teléfono, inspeccionélas rutas y compré los ticket a través de una aplicación. Una hora después estaba llegando a San Diego, y usando un sombrerito de animal print, inicié mí nueva aventura desplazándome a toda velocidad en una Scooter (Monopatín eléctrico), por las amplias calles de la ciudad natal de Kris Jenner, mamá del clan Kardashian, rumbo al  Zoológico. Desafortunadamente,  me perdí y llena de indignación me tocó bajarme de la scooter y pedir un uber para llegar lo más pronto posible a mi destino. 

Dentro del zoológico, quedé fascinada con la majestuosidad del rey de la selva y su señora reina (el león y la leona); Los gorilas se me hicieron tan humanos que lo único que pensaba era que había una persona dentro de ese disfraz tan real; las elegantes jirafas se paseaban de un lado a otro con pasos lentos pero seguros, comiendo las hojas más altas de los árboles. 

El lugar es inmenso y entre los feroces gaticos y los osos, olas de seres humanos acalorados y derretidos inundaban las instalaciones del zoológico.  Los primates, por otra parte, daban espectáculos balanceándose de una rama a otra y la mayoría de las aves se zambullían en el agua para refrescarse del caluroso día de verano en la Baja California.

En los más de 4.000 animales de más 800 especies distintas con los que cuenta el zoológico, vi ojos clamando por atención, pero también vi ojos frustrados, asustados y llenos de estrés. Todo era bonito, pero aterrador al mismo tiempo. Encerrados, pero a salvo.  Vivos, pero sentenciados…

Mí parte favorita fue encontrar en un estanque de flamingos una pareja de chavarrí ( aves que habitan en la zona cenagosa de la Depresión Momposina colombiana ) Estos feroces e inseparables animales, los cuales tienen plumas y pelos, me hicieron recordar los mejores días de mí vida, cuando mis hermanos y yo los azuzabamos en la finca San Ramón al ir a visitar a la abuela Tita y al abuelo Cristo. En este momento el enlace de mis recuerdos, me hizo comprender lo afortunada y bendecida que he sido.

Mi día terminó en un Dunkin Donut. Siete meses y por fin las había encontrado. Comí y llevé media docena de vueltas al hotel. Quisiera decir que estaban tan ricas como esas que compramos nosotros los costeños cada vez que vamos a Bogotá y las llevamos de vuelta a casa, pero no,  estas Donas no lo estaban.

Caminé de vuelta a la estación del tren, llena de alegría y azúcar procesada corriendo por mis venas, mientras tomaba fotos y admiraba la ciudad. Al llegar a la estación, muy de repente una señora me detuvo y me dijo que si podía darle una de mis donas. Un poco confundida y asustada metí rápidamente la mano en la bolsa, tome una dona al azar, la obsequié y me alejé lo más pronto posible.

Durante mis días en San Diego, ya fuera por las mañanas cuando iba a tomar el tren o por las noche cuando llegaba de vuelta a Oceanside siempre me encontraba con habitantes de la calle alterados y peleando los unos con los otros. Me agarraba de todos los santos, cambiaba mí ruta o caminaba al lado de alguien para que no creyeran que iba sola, y quizás, yo qué se…  me atacaran. 

A pesar de que Estados Unidos es un país popularmente seguro, no está exento de peligros. La indigencia es una situación consecuencia de muchos factores como el alcoholismo y la adicción a sustancias alucinógenas, pero sobre todo debido al alto precio de las rentas de casas en Estados Unidos que años tras años dejan a millones de personas sin hogar, obligándolas, a muchas de ellas, a vivir en la calle. El estado de California tiene la cifra más alta de personas sin hogar en el país, según Los Angeles Time.

Finalmente, en mi último día las letras cursivas de la gorra negra vieron la luz, e iba  camino a descifrar el enigma y encontrar a “Los Padres” conocer más sobre ellos y el origen de su nombre. Volví a San Diego, pero esta vez para visitar el Petco Park, hogar de Los Padres. Un gigantesco estadio con capacidad para albergar a casi toda la población san marquera.

Durante estos días de verano, cuando mí papá veía los partidos de baseball, algunas veces les prestaba atención  y me parecía muy curioso el hecho de que dentro de la MLB (major league Baseball) existiera  un equipo con un nombre en español. A menudo, escuchaba mencionar a los famosisimos Yankees (New York), Giants (San Francisco), Braves (Atlanta), Marlins (Miami), Indians (Cleveland), Cubs (chicago) y luego saltaban de repente los Padres, pronunciado de manera muy chistosa por un locutor gringo al cual le costaba pronunciar la R. ( Los equipos anteriores fueron intencionalmente mencionados ya que cuentan con uno o más jugadores Colombianos en la actualidad)

Y gracias a Dios y a mis papás,  aquí estaba, en San Diego y  frente a las instalaciones del Petco Park, para descubrir qué relación había entre Los Padres y los gringos.  El estadio es un espectáculo, cuenta con un museo, tiendas de ropa y un montón de puestos de comida y cerveza. Si crees que los colombianos son los únicos que venden la comida dentro de los estadios al doble del precio original, entonces te equivocas. 

Y gracias a Dios y a mis papás,  aquí estaba, en San Diego y  frente a las instalaciones del Petco Park, para descubrir qué relación había entre Los Padres y los gringos.  El estadio es un espectáculo, cuenta con un museo, tiendas de ropa y un montón de puestos de comida y cerveza.

Si crees que los colombianos son los únicos que venden la comida dentro de los estadios al doble del precio original, entonces te equivocas. 

El primer estadio de Baseball de Grandes Ligas que pise fue el Oracle Park, casa de los San Francisco Giants, un día que por accidente llegué a un festival para los fanáticos. Mis ojos se aguaron y mi piel se erizo al ir entrando al estadio. Me llené de tanta emoción por mí y por mí papá que le envié como 100mil fotos y hasta lo llamé para hacerle un tour por las instalaciones del majestuoso parque de pelota.

Por ende, disfrutar de mí primer juego de Grandes Ligas con Los Padres de San Diego fue algo sinigual,  fantástico e inolvidable. Los fanáticos disfrutaron tranquilamente del juego comiendo, hablando y mostrando sus mejores movimientos dancísticos para salir en la pantalla gigante. La algarabía se apoderó del parque de pelota cada vez que llegaba el turno al bate del tercera base de Los Padres, “el ministro”, Manny Machado. La ovación era verídica y la emoción hasta yo la sentía.

En febrero del 2019, el dominicano, Manny Machado, firmó un contrato de diez años con Los Padres de San Diego por 300 millones de dólares, posicionándolo en el puesto número 5 del top de los cien deportistas mejor pagados de América del Norte.

El enigma de la gorra negra llegó a su fin, cuando un gracioso monje de peluche subió a las gradas a saludar, lanzar camisetas y tomarse fotos con los fanáticos. Era la mascota de Los Padres de San Diego. Así me enteré que el equipo de Grandes Ligas había tomado su nombre en honor a los fundadores de San Diego: los Frailes franciscanos españoles.

Satisfecha con mi encuentro con Los Padres, aún me quedaba algo de tiempo en mi aventura y me dirigí al Old town San Diego. Una réplica de un vecindario de la vieja y primitiva ciudad. Me sentí caminando en un vecindario Mexicano lleno de museos, hoteles, restaurantes y tiendas con artesanías y ropa.Al final del recorrido por el viejo San Diego, me deleité con una cazuela de mariscos al mejor estilo mexicano, con mucho picante, y una rara Riviera Maya que era más azúcar que tequila.

La gorra negra, que en manos de mi papá vio perder la Serie Mundial a su equipo, iba al colegio por las tardes, correteaba los chavari en la finca y le recordaba que tenía hijos, para que no los dejara olvidados en algún lugar, ha perdido protagonismo. Ahora se encuentra colgada de un perchero que construyó mí papá para coleccionar gorras, está aguada, descolorida y se le ha descosido la letra D de su lindo bordado, pero tiene el mejor lugar en mi corazón.

Publicado por MariaMargaritaAlvaram

Hola, soy Margui. Tengo 22 años y soy de Colombia. Mi vida ha estado llena de aventuras ultimamente y espero que te diviertas leyendolas.

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