UN HOMBRE HICOTEA EN ALEMANIA.

Plaza Schlossplatz, Stturgat, Alemania.
“Hombre Hicotea”, Jose Villegas Mier. San Marcos, Sucre, Colombia.

Mientras organizaba el viaje al viejo continente, recordé que un viejo amigo vivía en Alemania. No éramos amigos cercanos y  hacía mucho tiempo no hablábamos. Sin embargo, nos seguiamos en las redes sociales y siempre estaba pendiente de lo que compartia. Pensé mucho en si escribirle o no y me tomó algunos otros días para al fin decidirme y hacerlo. 

Luego de haber pasado por el París de García Márquez y el Ámsterdam de Ana Frank, aterricé  en Alemania por la invitación de este viejo amigo. Tome un vuelo de Amsterdam a Stuttgart. El país de las cervezas y la salchicha me recibió con un día soleado y con un idioma desconocido, pero sereno y envuelto en un ambiente navideño.  En las primera horas de haber llegada a mi último destino, me dedique a buscar el camino hacia un desconocido y pequeño pueblo a 45 minutos de Stuttgart, al sur de Alemania, donde “El Hombre Hicotea” me abrió las puertas de su casa. 

Entre más me alejaba del aeropuerto, la batería de mi celular se agotaba, al igual que las personas que hablaban Inglés y mi nulo conocimiento del nuevo idioma contribuyó a que me perdiera una y otra vez. Después de vagar entre trenes, estaciones y alemanes, llegué a mi destino. Agarré mi maleta morada y me paré junto a la puerta para salir tan pronto el tren se detuviera, temiendo no salir a tiempo.

Cuando las puertas se abrieron y descendí del tren, lo distingue al instante. Al parecer el ausente sol del caribe había dejado de besar su piel y estaba (la piel) más clara  que nunca y su acento costeño se había perdido casi por completo, dejando en su lugar un murmullo, a veces incomprensible. Pero era él, sin duda, lo supe tan pronto me encontró entre la multitud y con una mirada de vergüenza y felicidad me sonrió. 

Me hizo sentir en casa desde el primer instante, como siempre hace sentir hasta al más extrajero. Me dio de comer en su mesa, muy a pesar de que el menú no contenía bagre frito o una viuda de pescado con yuca y suero; me dio de beber mucha cerveza, aunque no eran nada parecido a una costeñita o a una club Colombia y a la hora de dormir me dio buenas sábanas para que no me quejará de que dormí en casa ajena y no tenía con qué abrigarme.

Al dia siguiente, me llevó a conocer la ciudad desde lo alto de una torre de comunicaciones a más de 200 metros de altura, con un viento arrasador y un frío implacable. Nos perdimos entre la multitud de un mercado, lleno de luces, música, comida y tiernos objetos navideños, mientras disfrutamos el recorrido con un vaso de vino caliente. Me presento a sus amigos Alemanes y Rumanos. Fuimos al cielo en una biblioteca en forma cúbica con once pisos, me llevó a varios museo para conocer más sobre Hitler y el Partido Nacional Socialista y entre viaje y viaje me contaba sobre la vida alemana, sobre sus viajes alrededor de europa y sobre sus sueños a futuro.

Yo lo escuchaba muy atenta, mientras al mismo tiempo contemplaba, sumergida en los primero vientos de inviernos a la Alemania de los libros de historia. Me deje contagiar de su escandalosa risa que hacía correr lágrimas de felicidad en mi rostro, pero también de su calor humano, su mamadera de gallo, su autenticidad y su luz. 

Los vientos de la vida llevaron a Europa a este “hombre hicoteas”, obligándolo a dejar su nido en busca de un futuro más prometedor. Su condición de anfibio le ha permitido acostumbrarse con facilidad a vivir en el agua o en la tierra. Los altibajos de la vida, han hecho de este “hombre Anfibio de las ciénagas sucreñas”, a este senti-pensante, según el sociólogo Orlando Fals Borda, un ser más seguro de sí mismo, más atrevido, más temerario, trabajador, sin dejar a un lado la diversion y el disfrute de la vida.

Donde quiera que vaya, ya sea a las playas de Marbella o a los Alpes suizos, este hombre hicotea, lleva las brisas del Caribe y el calor de la Mojana tatuados en su alma. También lleva esa luz que nos hace ser el pueblo más feliz del mundo, que ilumina los amaneceres durante la epoca de lluvias y los atardeceres en la epoca de sequia, que contagia, que alegra, que hace sentirte vivo y afortunado.

Después de mi breve recorrido por Alemania emprendí mi camino de vuelta a casa con el corazón hinchado de alegría y orgullo, ya que pude confirma que la magia de mi pueblo natal San Marcos, no está solo en su ubicación geográfica, si no, en su gente.

“QUIERO SEGUIR VIVIENDO, AUN DESPUÉS DE MUERTA.”

Cuando tenía 12 años, leí el diario de Ana Frank por primera vez. Quedé muy conmovida con su historia y muy a pesar de nuestras diferencias religiosas, culturales y de haber vivido en épocas distintas, me encontré muy identificada y reflejada en algunos aspectos de su vida.

Tanto ella como yo, a los 12 años, andábamos con un diario bajo la almohada, un libro bajo el brazo y enamorándonos perdidamente del primer niño que se cruzaba en el camino…

“Miércoles, 1 de julio de 1942.

Todo indica que Hello está enamorado de mí, y a mí, para variar, no me desagrada. Margot diría que Hello es un buen tipo, y yo opino igual que ella, y aún más.”

Diario de Ana Frank.

…recortábamos y pegábamos, en las paredes de nuestros cuartos fotos de los actores más guapos y de los lugares que queríamos algún día conocer…

“Sábado, 11 de julio de 1942

Gracias a papá, que ya antes había traído mi colección de tarjetas postales y mis fotos de estrellas de cine, pude decorar con ellas una pared entera, pegándoles con cola. Quedó muy, muy bonito, por lo que ahora parece mucho más alegre”

EL diario de ana frank.

Durante las noches del mes de octubre cuando los huracanes se desataban, los truenos y los relámpagos me asustaban y me hacían correr al cuarto de mis padres. Mientra Ana en su desgraciada, angustiante y triste situación, la hacían correr despavorida hacia el cuarto de sus papás, los bombardeos y las ametralladoras que se apoderaban del silencio y la tranquilidad de la noche.

“Miércoles, 4 de agosto de 1943

“Por las noches, al primerísimo disparo, se oye una puerta crujir y aparecen un pañuelo, un cojín y una chiquilla…” 

(Fragmento del poema que Margot, hermana de Ana, le regalo con motivo de su cumpleaños)
el diario de ana frank

El viaje a Europa era la oportunidad propicia para conocer un poco más sobre ella, por eso luego de mi paso por París, tomé un tren rumbo a la capital de los Países Bajos: Ámsterdam. Con el propósito de conocer de cerca el país y la ciudad que había refugiado a Ana y a su familia cuando la persecución nazi comenzó. (Margot (hermana), Edith (Madre) y Otto (Padre))

Luego de tres horas de viaje, llegué a Amsterdam. El cielo estaba nublado y parecía que había llovido en la madrugada. Cuando estaba buscando donde hospedarme, traté de conseguir un lugar que estuviera cerca de todo, así podía caminar o montar una bicicleta hasta mi destino. Caminé hasta el hostal por angostos callejones repletos de gente, hice check-in en una recepción extremadamente pequeña y me dirigí a mi habitación. Para poder llegar a ella, tuve que subir por una escalera angosta, empinada, escandalosa y con escalones muy pequeños, organicé un poco las cosas y me fui a mi encuentro con la casa de Ana Frank.

Hoy en día “La Casa de Atrás” (como Ana la bautiza en su libro) es un museo, el cual es visitado por cientos de personas durante el año. La entrada tiene un costo de 12 euros y debe ser adquirida solo y exclusivamente vía online por lo menos con una semana de anticipación. Durante el recorrido te otorgan una audioguía para escuchar la historia y datos interesantes del lugar. Sin embargo, el uso de aparatos tecnológicos y de fotografías está completamente prohibido.

“La Casa de Atrás”, una casa oculta en el edificio en el que trabajaba Otto, el papá de Ana, fue el lugar que les ayudó a la familia Frank y otros cuatro judíos a permanecer fuera del alcance de la Gestapo y los Nazis durante dos años. Ocho personas viviendo en un diminuto lugar, sin poder salir a la calle y sin hacer tanto ruido definitivamente era todo un calvario. Sin embargo, Ana aprendería a convivir con ellos, pero sobre todo con ella misma.

Nadie volvió a ser el mismo después de comenzada la guerra y mucho menos después del final, pero el “cautiverio” y la desesperanzadora situación obligó a Ana a exigirse más, a ser más fuerte, a ser una mejor persona y pasó de ser una niña superficial, como ella misma se describe en el libro, a una mujer independiente, empoderada y ambiciosa.

Ana quería ser periodista, tenía una destreza de otro mundo con el lápiz y el papel: “Me consta que sé escribir” “yo misma soy mi mejor crítico, y el más duro. Yo misma sé lo que está bien escrito y lo que no”. Al mal tiempo le colocó la mejor de las caras y esto la ayudó a forzar su carácter fuerte y su personalidad: “A parte de un marido e hijos, necesito otra cosa a la que dedicarme. No quiero haber vivido para nada, como la mayoría de las personas” Y muy a pesar de su corta vida y su trágico y triste final su sueño se hizo realidad: Quiero ser de utilidad y alegría para los que viven a mi alrededor, aun sin conocerme. ¡Quiero seguir viviendo, aun después de muerta!” ( Todo estos pensamiento se encuentran escritos en la carta del miércoles, 5 de abril de 1944)

Durante el recorrido por “La Casa de atrás” me sentí en el limbo, no sabía qué pensar o qué sentir. La casa era fría y oscura, el más leve de los pasos hacía rechinar todo el lugar; todo era pequeño y apretado y la atestada multitud recorriendo el lugar en fila india, estorbaban y me distraían. Al final de mi recorrido, volví a comprar el libro y lo volví a leer. Yo creo que al haber leído el libro, por primera vez, a tan corta edad pasé muchas cosas por alto o no le presté atención suficiente. Por ejemplo, a lo reflexiva que fue Ana con asuntos sobre el amor, las mujeres, la independencia, la educación, la ambición hacia nuestros sueños y el hecho de valorar hasta los momentos más “insignificantes”.

El periodo de “cautiverio”, no fue un obstáculo para dejar de lado sus estudios y se mantuvo perfeccionando cuatro idiomas, estudiando duro, leyendo sin piedad, escribiendo con mucho empeño y dedicación, tanto el diario como cuentos, y sobre todo, no fue obstáculo para seguir soñando en grande y nunca perder la esperanza.

Haber vuelto a leer el libro, haber conocido la “Casa de atrás” y los Países Bajo e incluso haber comenzado a escribir sobre ella y mi experiencia con relación a sus últimos años de vida, me ayudó a descubrir a una Ana Frank diferente, mucho más empodera y valiente, que la primera vez que la conocí; una Ana Frank que me ha hecho recapacitar y reflexionar mucho sobre mi actitud hacia el mal tiempo, a ser valiente, agradecida y ante todo feliz.

Lamentablemente, Ana y seis de los escondidos, con excepción de su padre Otto, único sobreviviente, mueren en campos de concentración incinerados, por inanición o por fiebre tifoidea, como ella y su hermana. A pesar del agridulce sabor de este final, Ana Frank sigue viviendo, aún después de muerta y su historia es una invitación para no esperar ni un instante para comenzar a mejorar nuestro mundo.

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE EUROPA.

Torre Eiffel.
Jardines de Luxemburgo.

Panteon de Paris.

Las clases de historia me dieron a conocer Francia como uno de los países más importantes y populares del viejo continente; “El principito” y “El Viaje al centro de la Tierra” me permitieron conocer a escritores franceses. Madame Pauline, mi profesora de Francés I, me enseñó a hablar su idioma mientras cantaba con un mal acento sus canciones. Madame Coraline me habló de las batallas de Charle de Gaulle y Bonaparte mientras degustaba sus vinos y quesos y Coco Chanel, me ofreció una vista más pintoresca y empoderada de lo que es la capital de la moda.

Pero más allá de todo esto, Francia y específicamente París, su capital, tenían nombre y apellidos propios para mí, ya que en mis viajes a través de la lectura, hace un par de años, fui seducida por un hombre latino de 28 años, flaco como un espárrago, con cabello rizado, bigote y apariencia argelina, el cual durante su estadía en la Europa de la Guerra Fría le causó arrestos y malos ratos.

Conocer las vivencias de Gabriel García Márquez en Francia, a través del relato que hace Geral Martín en “Una Vida”, libro biografía, fue quizás el incentivo y el aliciente más importante que me llevó a escoger este país, como uno de uno de mis destinos cuando viajé a Europa. Era la oportunidad perfecta para conocer de cerca los lugares que frecuentaba, las avenidas por las que caminaba y recrear en mi mente esa época de aventuras, amor y sufrimientos que Gabo vivió.

Gabriel García Márquez fue enviado a Europa por el periódico “El Espectador” para cubrir la cumbre de Ginebra, Suiza, realizada en 1955 como antesala para tratar de calmar las aguas ante la amenaza de una Guerra Nuclear. Según las malas lenguas se fue de Colombia, huyendo del gobierno de Rojas Pinillas, tras amenazas de muerte. Según otras versiones, se fue porque estaba “mamado de la nevera” (Bogotá), y necesitaba un cambio de aire, más específicamente en ultramar.

En diciembre de ese mismo año, después de estar divagando por Italia, se instaló en París para quedarse a vivir durante dos años. Vivió en el hotel de Flandre, en el cual su estadía fue muy singular, ya que entre menos dinero tenía para pagar la renta era trasladado de habitación por Madame Lacroix (dueña del hotel) quien terminó ubicándolo en el ático del hotel sin calefacción y “olvidado” cuando no tuvo un peso más para pagar la renta.

Dos años de su vida en los que vivió del dinero de un billete de avión, de la caridad de sus amigos y conocidos y de algunos escasos ahorros. Sin embargo, el mal tiempo económico no fue capaz de apagar su calidez y carisma caribeño y se la pasaba mamando gallo, cantando vallenatos de su amigo Rafael Escalona y bailando a lo largo del boulevard Saint Michel cada vez que podía.

Sus días transcurrían en la “universidad de la calle”, con el manuscrito de “El Coronel No Tiene Quien Le Escriba” y “La Mala Hora” bajo el brazo, aprendiendo francés, paseándose por La Sorbona o El Louvre para elevar el espíritu, almorzando con Miguel Otero Silva, entrevistando a Francois Mitterrand y saludando a Ernest Hemingway en el Boulevard Saint Michel, pero consternado día y noche por la violencia que acaparaba a su tierra natal y su bolsillo.

En enero de 1956 Rojas Pinilla cerró El Espectador y sus cheques dejaron de llegar. Cuatro meses después, mientras comía en El Café de Les Deux Magots se enteró del golpe de estado a Rojas Pinillas, pero asumió una posición poco optimista hacia el futuro de Colombia en esos momentos.

En cuanto a su vida amorosa, mantenía una relación a larguísima distancia con la mujer que años después sería su esposa formal, Mercedes Barcha. Pero “¿Qué habría que esperar de un hombre latino de veintiocho años, sino que tuviera una aventura en París?” Se enamoró de Tachia Quintanar, una Au Pair española, actriz y musa de poetas y escritores con la que protagonizó la novela latinoamericana más famosa de la década de los 60, “Rayuela” de Julio Cortázar. [Ojo, esto último es 100% un chisme].

Sesenta y cuatro años después de que García Márquez aterrizará por primera vez en Europa, tuve la oportunidad de viajar y llegar a la ciudad que había sido escenario importante y trascendental en su vida. Aterricé con un cielo parcialmente nublado, con pronóstico de lluvia en las horas de la tarde, sin haber podido conciliar el sueño y con un nudo en la garganta y un vacío en el estómago asustada pero emocionada al mismo tiempo.

Me alojé en un hostal, en una habitación compartida con 9 niñas más, de las cuales solo alcance a conocer dos, una nativa de Los Ángeles, California, que tan pronto me vió me invitó a la fiesta que daría el hostal en la noche y la cual sostuvo una acalorada discusión sobre el outfit que debía vestir para la fiesta horas más tardes, y una española que llevaba un mes recorriendo Europa del norte.

Conocer París fue un sueño y un reto grande. Mi primera impresión fue que era una mezcla entre Bogotá y San Francisco, y sus calles eran tal cual como había imaginado: una pasarela, donde ni las bajas temperatura, ni la lluvia eran obstáculo para los cientos de parisinos y turistas que desfilaban y hacían de cada rincón de la ciudad una pasarela.

La ciudad estaba envuelta en esta atmósfera fashionista que arropaba desde bebés hasta abuelos con abrigos Gucci, zapatos Chanel, bolsos Prada,  llenando de color y alegría el comienzo del oscuro y frío invierno. Era un completo deleite para mi tanta ropa, tantas combinaciones, tantos estilos, pero sobre todo tanta creatividad. Cada uno tenía un toque auténtico, ningún outfit se parecía a otro y todos cuidaban rigurosamente los detalles, desde el maquillaje hasta la funda de sus carísimos iPhone 11.

Deambule toda la tarde por París, en dirección a la Torre Eiffel, tomando fotos, admirando su arquitectura y escuchando con atención conversaciones ajenas para descifrar de qué hablaban y tratando de poner en práctica mi atropellado y olvidado francés. De esta manera corrobore de una vez y por todas que el Francés es el idioma del amor.

Al día siguiente, fui tras el rastro de García Márquez. Caminé por el boulevard Saint Michel, en dirección al jardín de Luxembourg, donde Gabo saludó a su ídolo Ernest Hemingway. Visité el café Mabillon donde se encontró por primera vez con Tachia, su amor parisino, y el famoso café literario Les Deux Magots, que no sólo fue frecuentado por García Márquez, sino también por Hemingway, Simone de Beauvoir, Ernesto Sábato entre otros.

Pasé por el barrio latino, La Sorbona y el Louvre pero por estar queriendo elevar el espíritu, casi lo pierdo. Cuando ingresé al museo del Louvre, una muchacha se me acercó pidiendo una firma para supuestamente acceder a una cirugía y así poder recuperar su audición. De manera inmediata me negué a esta petición, al instante otra muchacha se me acercó, me preguntó si hablaba Inglés y me explicó lo que estaban haciendo. Seguí diciendo que no. Rápidamente se acercaron otras tres más me colocaron el papel en las manos y comenzaron a exigir insistentemente que firmara. 

Pase rápidamente mis ojos por el listado el cual ya habían sido firmados como por 20 personas y tenía una casilla al final donde debías dar una donación monetaria. Curiosamente todas las personas que habían firmado habían dejado una donación de 20 euros. De un momento a otro lo que habían sido cinco mujeres al principio insistiendo y haciendo gestos para que yo sintiera lastima y firmará se volvió un grupo de nueve mujeres que me rodearon y sutilmente me forzaron a firmar y a agachar mi cabeza en dirección a mi riñonera para buscar cinco euros para “donar”.

Yo había leído de los peligros en París, de lo común que era el pickpocketing o carteristas (forma de hurto que implica el robo de dinero u otros objetos de valor de la persona o del bolsillo de la víctima sin que se den cuenta del robo en ese momento) que debía evitar al máximo las aglomeraciones y que no debía estar dando papaya, pero en ese momento lo único que quería era quitarme a esas mujeres de encima lo más pronto posible.

Estaba a punto de quedar como las nalguitas del niño Jesús, cuando, como mandados por el mismo Jesucristo, una pareja de abuelos me tomaron por el brazo y me rescataron de las llamas del infierno. ¡Te van a robar! me dijeron, ahora mismo ni siquiera recuerdo en que idioma me lo dijeron. Sentí como mi espíritu se me salía del pecho y mi cara se bañaba en lágrimas. En todo el año que llevaba fuera de casa jamás me había sentido tan lejos y sola, y a pesar de que fue la primera vez que sentí ese sentimiento, desgraciadamente no iba a ser la última.

SI QUIERES VIAJAR, LEE. SI QUIERES ESCRIBIR, VIAJA.

Los Apto, CA.
Lake Tahoe, NV.
San Francisco, CA.

Un día en el colegio, mientras leí por primera vez “Los Juegos del Hambre” (En Llamas), una compañera de clase se me acercó y me preguntó:

  • ¿Qué estás leyendo? 
  • Los Juegos del hambre, le respondí. 
  • ¿Vas a hacer alguna dieta?, dijo ella. 

La miré extrañada, sin comprender y luego me reí. Sin embargo, para lo que ella fue un libro para hacer dieta, para mí fue la mejor forma de caer rendida a los pies de la lectura. Antes de leer Los Juegos del Hambre, ya había intentado leer algunos libros, sin terminar ninguno. Me quejaba y me atrevía a morir de aburrimiento porque no tenía nada que hacer, sin darme cuenta que justo a mi lado tenía un mundo lleno de aventuras deseoso para que lo descubriera.

Después de terminar la trilogía de los Juegos del Hambre, comencé a leer todos los libros que tenía a mi alcance. Comencé a recorrer el mundo de la manera más exótica, visité futuros distópicos, viví el amor en los tiempos del cólera; Seguí de cerca una asesina en serie; Sufrí la persecución judía y el holocautro con una familia judía; Morí por orgullosa y prejuiciosa; Le eché porras a un alemán para que luchara por una vallenata; Hice una travesía con una adolescente drogadicta desde California hasta Chile y estuve de duelo cuando Melquiades pasó a mejor vida.

Capitola, CA.
Lassen volcanic park.
LeeVining, CA.

Permanecía con un libro bajo el brazo, llorando, riendo, enojandome, sufriendo de mal de amores, pero sobre todo corriendo hacia el cuarto de mis padres a media noche cuando asesinos nazis muriendo de cólera me perseguían por todo el Valle del Upar en mis sueños. “¿Qué locuras estás leyendo ahora, Margarita?” pregunta siempre mi mamá. Así mis calurosas y antes aburridas tardes de verano pasaron a tener una mejor vida.

Un día, no sé dónde, leí “Si quieres viajar, lee. Si quieres escribir, viaja”. Me sentí muy identificada, con los libros ya había viajado por todos lados. Sin embargo, me sentí identificada a medias, porque por más que inventaba aventuras en mundos distópicos no era capaz de plasmar en el papel todo lo que había en mi mente y siempre me acababa por rendir.

Deje la escritura a un lado, creyendo que no era para mi y seguí viajando con la lectura. Mis ganas de viajar se intensificaban cada vez más, quería ver con mis propios ojos todo sobre lo que leía, pero al mismo tiempo me preguntaba ¿cómo lo haría? ¿cuándo lo haría?, ¿con quién iría?, ¿cómo comenzaría a recorrer el mundo? Pero Dios obra de maneras increíbles y ni en los más salvajes de mis sueños me imaginé viajando SOLA. Me fui de intercambio al extranjero, comencé a viajar y un día como por arte de magia comencé a escribir.

San José, CA.
Los Ángeles, CA.
Sacramento, CA.

Mi vida cambio por completo, me volvi mas valiente y mas independiente. Para mis primeras vacaciones visite Hawaii y para las siguientes tenía pensado volver a Colombia, pero por obra y gracia de una amiga, decidí cambiar mi ticket de vacaciones a Colombia y en lugar de ello viajar al viejo continente.

Al principio, mi plan era demasiado ambicioso, quería visitar siete países en 15 días. ¿acaso estaba loca? Andrea, mi amiga la bumanguesa, ya había viajado durante un mes por el sur de Europa y me había contado que era mucho más fácil de lo que uno imaginaba. Comencé a empaparme más del tema. Me volví a unir a un grupo en Facebook, leí muchas experiencias, muchos comentarios, pregunté mucho, vi un montón de videos. Y después de una ardua investigación, de orar mucho y dejar mi ambición y mi afán a un lado, las cosas comenzaron a fluir.

Obviamente, mis días posteriores al viaje estuvieron llenos de temor, ansiedad e incertidumbre, pero estaba decidida y eso era mucho más fuerte. Hacer un itinerario de viaje, que era lo que todos recomendaban para empezar y tener todo claro y organizado, no fue nada fácil. Puede parecer algo muy exagerado, incluso puede parecer algo tonto pero para mi fue difícil. Por supuesto que tenía que serlo, era la primera vez que me enfrentaba a una situación como esta, de la cual no tenía ni miga de experiencia y tenía que arriesgar para poder ganarla.

Mountain View, CA.
Salt Lake City, UT.
En el baño de la casa.

Hacer el itinerario fue un completo calvario y mi desesperación era tan grande que hasta le escribí a una chica por Facebook (que hace itinerarios y cobraba 30 dólares por hacerlo) para que hiciera el mío. La cual me respondió el mensaje unos días antes de viajar a Europa. “ Gracias pero no gracias” Pasaba todo el día pensando en el itinerario, leyendo, consultando, tratando de armarlo. Tenía que encontrar los vuelos más adecuados, no muy tarde, no muy temprano; encontrar hostales baratos, con buenas calificaciones, con buena ubicación; elegir qué lugares iba a visitar y que quería hacer, y  cómo me iba a mover en cada país: tren, bus, rentar un carro, bicicleta?

De día todo lo veía muy claro y sencillo, pero la noche era oscura y llena de terrores y despertaba en las madrugadas a volver a pensar en mi itinerario, a cambiar cosas, a mejorarlo para hacer el viaje más fácil y sencillo. Un par de noche antes de darle el ultimátum a mi itinerario me levanté a eso de las dos de la mañana y me dije “no puedes moverte de un país a otro de noche”, esto significaba que tenía que extender mi estadía en cada país por una noche más. Tan pronto como amaneció alargué mis estadías, cambié tickets de tren y por fin pude volver a dormir tranquila.

La idea de viajar sola no me quitó el sueño, de hecho, de cierta forma ya había comenzado a viajar sola, y no estaba dispuesta a seguir posponiendo mis sueños y planes porque no tenía un/a compañero/a de viaje. Igual hice el intento por encontrar un acompañante. Elegí tres países con los que había creado un fuerte lazo a través de la lectura y el día de acción de gracia me embarqué desde el aeropuerto internacional de San Jose, California, al viaje de mi vida. Obviamente no sin antes advertirle a mi mamá que no perdiera los estribos si en las siguientes 10 horas no sabía nada de mi.

Jardín de Luxemburgo, Paris, Francia.

El 29 de noviembre del 2019 a eso de las 11:30 de la mañana aterricé con un cielo parcialmente nublado y con pronóstico de lluvia en las horas de la tarde, a la capital francesa, la ciudad del amor…

CAÑONES AL PASADO

Asombrosos paisajes desérticos, cactus, ríos, cañones ubicados en territorio de ancestrales pueblos indígenas, fueron el telón de fondo de mi aventura más reciente. El estado del Gran Cañón, al oeste de los Estados Unidos, me recibió una cálida noche de mediados de octubre para descubrir y deleitarme con paisajes increíblemente poderosos.

Buscando más aventuras después de nuestro paso por la ciudad de Las Vegas, mis amigas y yo conducimos durante cinco horas hasta Page, un pequeño pueblo en el estado de Arizona donde comenzamos nuestra siguiente aventura. Salimos de Las Vegas a eso de las seis de la tarde, la oscuridad acaparó rápidamente el cielo y nos alejamos por una aterradora carretera llena de curvas y muchos camiones. 

Cansadas pero atentas salimos del estado de Nevada para atravesar por una carretera en línea recta parte de Utah y por fin llegar a Arizona. Fue abrumador conducir por una vía tan monótona, sola y oscura, donde daba la sensación que el tiempo no pasaba y que nunca íbamos a salir. Para matar el tiempo, nos colocamos a hablar de espantos y cosas paranormales para terminar más asustadas de lo que antes estábamos y rezando para cerrar cualquier portal maldito que se hubiese abierto.

Divisamos el pequeño pueblo a lo lejos, y nos emocionamos de estar mucho más cerca de las camas. Eran las once de la noche y las calles estaban solitarias. Hicimos check in y rápidamente nos dirigimos a nuestra habitación. Un cuarto sencillo con camas dobles, con aire acondicionado, bien limpio y cuidado por tan solo 57 dólares la noche.

Empezando el día tomamos una ducha, desayunamos, llenamos las botellas con agua, nos aplicamos bloqueador, agarramos los sombreros y nos dirigimos a nuestro primer destino: Horseshoe Bend o “La Curva de la Herradura” Uno de los lugares más emblemáticos de Arizona y de Estados Unidos, una obra de arte natural única en el mundo.

Fuerzas sobrenaturales hace millones de años atrás formaron este lugar y fuerzas humanas construyeron un parque para la preservación y la recreación. “La curva de la herradura” se encuentra dentro de las instalaciones del área recreacional del cañón Glen, la entrada cuesta 10 dólares por vehículo y la caminata hasta el mirador es de 1.5 millas/ 2.4 km, ida y vuelta. 

Gozar de un panorama tan único e inigualable vale la pena completamente. El cielo azul, el sol brillante y la verde vegetación se pierden para dar paso a arbustos secos y descoloridos. El suelo y todo lo que pude ver a mi alrededor se volvió anaranjado y cuando llegué al balcón del mirador se abrió ante mí un abismo con una profundidad de 1.000 pies/ 305 metros. El majestuoso río Colorado en colores azul, verde y tornasol corría entre edificios de piedras anaranjadas, se veía muy pequeño e indomable desde las alturas. 

Huyendo de la corriente, diminutos barcos y kayaks pasaban la curva a toda prisa y me preguntaba, si ellos de algún modo alcanzaban a vernos y qué tan pequeños se sentirían desde allá abajo. El lugar es tan increíble que es abrumador, se ve infinito, indestructible y estar parada justo enfrente de él me hizo pensar en las millones de cosas y años que tuvieron que pasar para que nosotros disfrutemos de semejante espectáculo. Todo estaba ahí al frente mio pero al mismo tiempo tan lejos, tan inalcanzable, tan intangible que no parecía cierto.

Imagínense haber visto la evolución de ese lugar, imaginense poder saltar y caer de un chapuzón en el agua, imaginense poder pasar al otro lado por un puente, o bajar hasta el nivel del río por una escalera, imaginen que solo sea un lienzo colgado en el cielo, exhibiendo el talento de los dioses que nos cuidan desde el cielo.

Juiciosas nos tomamos cientos de fotos en todos los ángulos y lugares, pero alejadas del borde, ya que es bastante común que en busca de la foto ideal para instagram, los seres humanos pasen sustos de muerte. También nos ofrecimos a tomarles fotos a otras parejas o grupos de amigos, con quienes entablamos amenas conversaciones y de paso nos contaron su  experiencia de dónde venían,  lo que  habían visto y lo que definitivamente deberíamos visitar.

Kilómetros más al sur de la curva de la herradura, la brecha que socavó el río Colorado se seguía abriendo para dar paso al majestuosos cañón del Colorado, nuestra segunda parada. Empacamos nuestras cosas y volvimos a la carretera. Un panorama completamente distinto a California y Nevada, recorre el también llamado “ Estado del Cobre” debido a sus grandes yacimientos y mayor fuente de ingresos. Según un artículo en manualusa.com, el costo de vida en Arizona es relativamente bajo, hay buenos empleos y tiene una de las tasas de impuestos más baja del país.

La capital Phoenix, es la ciudad más poblada junto con Tucson, el resto del estado está escasamente habitado, en especial las zonas rurales. Había muy pocas casas y en los lugares más remotos abundaban las casas rodantes en lugar de una “casa tradicional”. A la orilla de la carretera vimos muchos kioscos construidos con madera, que al parecer eran tiendas improvisadas donde habitantes de distintas reservas indígenas vendían sus artesanías. Desafortunadamente, no encontramos ninguno funcionando y parecían estar abandonados desde hacía algún tiempo.

Muchos años atrás, antes de la llegada de los españoles, Arizona era territorio de los pueblos indígenas más poblados y conocidos en la actualidad. Los Apaches y los Navajos, ambos emigraron del suroeste de Canadá y se cree que comparten muchas de las tradiciones y costumbres. Los Apaches que se esparcieron por Arizona, Nuevo México, Texas y el noreste de México, vivían de la caza, la ganadería y la agricultura. Cultivaban maíz, frijoles y después de la llegada de los Españoles comenzaron a criar ovejas y cabras. 

Navajos, por otro lado, se esparcieron un poco más al norte llegando al estado de Utah, pero habitando también  Arizona y Nuevo México. Eran cazadores y agricultores de maíz y frijoles, y al igual que los Apaches criaron ovejas y cabras, convirtiéndose en su mayor fuente de alimento. Hoy en día es el pueblo nativo más poblado de norte América y cuenta con una reserva llamada Nación Navajo. Un territorio con 350.000 habitantes, un gobierno elegido que incluye poder legislativo, una cámara legislativa y un sistema judicial. Sin embargo, Estados Unidos afirma poder pleno donde tiene el derecho y la autoridad de gobernarla por medio de leyes del congreso. El ejército de USA también maneja los delitos graves y los jefes de paz (el cuerpo de seguridad de la nación Navajo) se encarga de los delitos menores y las disputas. 

Otra vez regresamos a la carretera rumbo al Gran Cañón, decidimos no prestar atención a las señales que decían que el borde norte del parque estaba cerrado, confiando en lo que googlemap decía. Cuando llegamos a la entrada, en efecto, estaba cerrada. Decidimos caminar un rato y estirar las piernas, mientras la temperatura  comenzaba  a bajar y el día estaba por terminar. Acordamos posponer nuestra visita para el día siguiente y encontrar el pueblo más cercano para pasar la noche y dormir.

Para el dia siguiente, nos levantamos lo más temprano posible, pasamos por café y nos detuvimos en una tienda de souvenirs aparentemente de nativos americanos pero que era atendida por un joven gringo, delgado como un espárrago, de pelo largo y con un acento difícil de entender, quien pasó pegado al celular todo el tiempo. Aquí también nos encontramos con una pareja que estaba volviendo del Gran Cañón y nos contaron su experiencia y cómo estaba funcionando el parque debido a la pandemia.

Queriendo estar cerca de todo, deambulamos un poco por el parque para luego volver al lugar donde habíamos parqueado. Tomamos agua, bloqueador y sombrero y nos dirigimos al sendero. Para entrar al Parque Nacional del Gran Cañón, se debe pagar 35 dólares por vehículo, el parque cuenta con tres entradas diferentes pero debido a las situación actual solo una está abierta, el borde sur o south rim. El borde sur es la entrada más visitada porque es desde donde mejor se puede apreciar el cañón. Tiene una altitud de 2.100 metros y la temperatura varía entre 20 y 25 grados. En cambio, al nivel del río la temperatura puede ser de 45 grados.

Rafting o descenso del río es una de las actividades más populares en el borde sur del Gran Cañón, pero también podemos encontrar excursionismo, desde lo alto del borde hasta el caudal del río. Nos es recomendable bajar y subir en un mismo día. Por otro lado, si eres un poco más perezoso para caminar también tienen excursiones en mula la cual es muy demandada y si lo que quieres es un paseo rápido desde las alturas, una excursión en helicóptero es ideal. Hay un montón de modalidades para todas estas actividades, así que los precios varían según tus gustos, tu presupuesto y tu tiempo.

Si bien el borde sur es el más visitado, el borde oeste o West rim, es el más cercano a Las Vegas y el segundo más visitado. Su mayor atracción es el Glass Skywalk, un puente con piso transparente suspendido en lo alto del cañón. El borde oeste está localizado en territorio de la reserva indigena Hualapai, por lo tanto no hace parte del parque nacional el Gran Cañón y la reserva administra y protege esta área. Por último, encontramos el borde norte o North rim, es el punto más aislado, el cañón alcanza unos 2.500 metros de altura y se cubre de nieve durante el invierno impidiendo el acceso por carretera. Solo está abierto desde mediados del mes de mayo hasta mediados de Octubre.

Terminando el día, tomamos un bus que nos llevó hasta los puntos más altos del parque, para ver el atardecer. Hopi Point es por excelencia el punto para ver el atardecer y el amanecer. La experiencia fue maravillosa, nos sentamos las cuatro a orillas del cañón y colocamos nuestras cámaras para grabar el atardecer. En un sublime acto de amor, el sol se escondio entre nubes y cayo por detrás del cañón, dejándonos solos, con frío y prometiendo desaparecer el cañón tan pronto la noche acaparará la faz de la tierra.

Universos de estrella alumbraron el cielo y buscamos donde descansar y pasar la noche. A la mañana siguiente, con un sentimiento de nostalgia nos despedimos de Arizona. No sin antes buscar la famosísima ruta 66, una autopista que comienza en Chicago, Illinois, pasando por Missouri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y terminando en California. La carretera ha sido inmortalizada en la literatura, la música pop y la televisión. 

Varios pueblos sobre la ruta ofrecen un vistazo al pasado, con fotografías, exposiciones de carros, restaurantes y tiendas de souvenirs. Mi mayor referente sobre la ruta 66 es la película Cars, donde Rayo McQueen se pierde de camino a una de los torneos y termina en un pequeño pueblo llamado Radiador Spring en la Ruta 66. Un pueblo olvidado debido a la construcción de la autopista interestatal. En efecto, la Ruta perdió interés y protagonismo desde la construcción de la interestatal. Conduciendo por la ruta 66 nos detuvimos en Seligman, un pequeño pueblo a orilla de la carretera donde nos encontramos una réplica a gran escala de Luigi, Mate, Fillmore y  Sheriff, personajes de la película Cars.

Así terminó nuestra aventura por un lugar milenario, territorio sagrado para los Nativo Americanos, donde se levantan edificios de arena y roca anaranjada, corre por el suelo pasto dorado y pequeños arbustos verdes, aceleran largos trenes de carga con vagones de diferentes colores, cactus y desiertos, ríos de agua viva, animales, seres humanos y la vida.