DE VUELTA AL NUEVO MUNDO: BATALLA PARÍS.

En Leonberg, Alemania, esperando mi ride, muerta del susto.
Rohrwiller, Francia, nuestra primera parada.
Manifestaciones contra la reforma al sistema de pensiones en Paris, 2019.

Cuando te preparas para un viaje o para cualquier situación en la vida, corres el riesgo de que suceda cualquier cosa, incluso la menos esperada. A veces, tener un plan, ser ordenado y tomar precauciones, no te sirven de nada porque sencillamente hay cosas que no puedes controlar. Sin embargo, en estas situaciones de descontrol es donde más aprendes,  pones en práctica lo que sabes, te demuestras de lo que estás hecho y de lo que eres capaz.

Al final de diez días paseando por Europa (París, Amsterdam y Stuttgart) , comiendo, caminando y conociendo lugares increíbles,  llegó el momento menos esperado: volver a casa. El  vuelo sería el sábado 7 de diciembre en horas de la mañana y debía  volver a París para mi retorno. Partiría en tren desde Stuttgart y cinco horas más tarde llegaría  a París, donde había la posibilidad de pasar la noche en un hostal o en el aeropuerto. Tomé la decisión de volver a París desde el viernes debido a mi terrible temor de tener algún contratiempo y por ende perder el vuelo. Y puede que ahora parezca un poco exagerado,  pero quién sabe qué hubiese sido de mí si no tomo esta decisión.

Ese viernes me levanté bien temprano para que mi amigo Gustavo me llevara hasta la estación del metro que me llevaría hasta Stuttgart, allí tomaría finalmente el tren para ir a París. Por estar un poco sobre el tiempo, estaba muy asustada de perder el tren. Llegamos cerca de la estación, me despedí de Gustavo nuevamente, bajé mi maleta y me fui corriendo.

El invierno que pronto se acercaba, ya se sentía y el día amaneció arropado en una niebla, frío y con un poco de hielo en el pavimento. Apresure el paso para entrar a la estación, pero antes tenía que pasar por un túnel que estaba bajo construcción. Entrando al túnel había una pequeña rampa, donde mi pie se resbaló y caí de cara al suelo, me paré rápidamente y seguí caminando. Sentí un ardor en la mejilla y en la rodilla derecha, pero no tenía tiempo de preocuparme por eso.

La rodilla afectada en la caída.

Tomé el metro y por fin llegue a Stuttgart, aún corta de tiempo, comencé a buscar el tren a París como loca pero no daba con él y tampoco daba con alguien que hablara Inglés o Español. El tiempo se estaba agotando y yo agonizaba. Aún tenía todo un día para solucionar  la llegada a París si lo perdía, pero  yo no quería que eso pasara. Cuando finalmente encontré a alguien que me ayudara mi corazón se paralizó: el tren a París había sido cancelado. La peor de mis pesadillas se hizo realidad.

¿Qué carajos iba hacer? ¿Cómo se suponía que iba a llegar a París? Que no cunda el pánico… lo siento… ya es muy tarde…

Lo peor del caso no fue que mi tren fuera cancelado, sino que todos los trenes a París habían sido cancelados. Y te preguntaras por que? He aquí el contexto de la situación: los ciudadanos estaban descontentos debido a las reformas al sistema de pensiones que Emmanuel Macron, su actual presidente, quería implementar. Esto conllevó a una masiva huelga que paralizó la capital. Los sectores que más se pronunciaron fueron los de transporte y educación, teniendo como consecuencia: 14 de 16 líneas de metros cerradas, solo el 50% de los autobuses circulando, 1 de cada 5 trenes circulando en todo el territorio y el 12,5% de los profesores sin acudir a su trabajo.

Le avise a Gustavo en los aprietos que estaba y luego llamé a mi mamá para llorar. Traté de mantener la calma, pero fue muy difícil, por primera vez en un año de haber estado viviendo en otro país, me sentía sola, perdida, angustiada. Comí algo y con la mente más clara traté de encontrar una solución…

Cuando me estaba preparando para ir a Europa, lo que más estudié fue el transporte: de día, de noche, en Francia, en los Países Bajos, en Alemania. Miré horarios: hora del primer tren, hora del último tren, buses, metro. Precio de un uber o un taxi en caso tal de que lo necesitara. Medios de transporte alternativos: bicicleta, scooter, barcos, ferrys y también encontré una aplicación llamada “Blablacar”, jamás había escuchado el nombre, pero recuerdo que una de mis profesoras de Francés en la universidad nos habló de algo parecido.

…gracias a Dios Gustavo me siguió ayudando y encontró un chance en blablacar para poder llegar a París. El arregló todo y luego me envió la información. Había una señora que viajaba después de almuerzo a París y debia trasladarse a un pueblo vecino para encontrarme con ella. 

La campaña francesa. Atravesando el parque natural regional de los Vosgos del norte.

La aplicación “Blablacar” consiste en “dar chances” cuando viajas de una ciudad a otra, el conductor por lo general va solo o tiene asientos libres en el carro. Si eres un conductor, en la aplicación te registras y colocas el lugar de salida y el destino. Si eres un pasajero, buscas en la aplicación el conductor que más te convenga. Acuerdan un punto de encuentro y pues obviamente pagas por el chance, el cual es bastante económico. 

En mi itinerario no tenía pensado usar este medio de transporte, a pesar de que me instruí muy bien sobre la aplicación, sentí temor de utilizarla, pero las circunstancias muchas veces nos obligan a cambiar de opinión. 

Cuando había quemado suficiente tiempo, tomé el tren al pueblo donde me encontraría con la señora. Gustavo me dió su número y me dijo que el carro era café, pero eso no era información suficiente para identificarla. Decidí enviarle un mensaje, pero nunca me respondió. Eso me desesperó. Me senté en esa estación, con “Anna” en las manos y rezando para que nada malo pasara y poder llegar a París. Cuando la hora llegó, me paré en el andén en las afueras de la estación, con los ojos bien abiertos para no dejar pasar mi chance. Llegó puntual, me identificó, parqueó, se presentó, me ayudó con las maletas y comenzamos nuestro viaje hacia París. Mis miedos se disiparon al subir al carro, comencé a hablar con ella y me propuse a disfrutar del viaje.

Soy muy buena recordando caras pero con los nombres soy fatal, por ende no recuerdo su nombre. Sin embargo, esta señora de estatura mediana, entre los 60 o 70 años, tenía cara de llamarse Eleonor. Me contó un poco de su vida y yo de la mía. Ella toca el chelo y habla muy bien Inglés. Me contó que había vivido por un tiempo en Estados Unidos, nada más y nada menos que en el área de la bahía, un tiempo en San Francisco y luego en Palo Alto, un pueblo a 15 minutos de Mountain View donde estoy viviendo actualmente. ¿Coincidencia? ¿el destino? ¿Un ángel mandado por Dios? Amén. Me contó que trabajaba y tocaba en una sinfónica y desde ahí ayudó a jóvenes Venezolanos a convertirse en músicos profesionales.

Burbach, Francia.

El viaje estuvo tranquilo y sin contratiempos, nos detuvimos tres veces: las dos primeras para recoger a otros dos  muchachos y la última para poner gasolina y comer. Atravesamos muchos pueblos, la campiña francesa ya estaba lista para la llegada del invierno y en algunas partes ya había nevado. El tráfico estaba calmado y en partes había llovido a cantaros. 

Como a las seis de la tarde llegamos a París, la ciudad estaba envuelta en un caos total. el tráfico estaba super pesado, había un montón de calles cerradas y las protestas se habían tornado violentas: la policía lanzaba gases lacrimógenos, los manifestantes lanzaban  objetos voladores y encendían fuego en botes de basuras. Los sindicatos se declararon en paro indefinido hasta que el gobierno no cambiará de opinión sobre la reforma y amenazaron con bloquear por completo el País. Algunos manifestantes hasta exigian la renuncia de Macron. Por toda esta situación, la señora “Eleonor” me dijo que era imposible llevarme hasta el aeropuerto. Preocupada, pero tranquila porque al menos ya estaba en París me despedí de ella y le di las gracias. 

Uno de los muchachos que venía con nosotros intentó ayudarme y con google map terminé por encontrar un autobús que me llevaría directo al aeropuerto. Me senté a esperar en una parada un poco sola, oscura y con una persona sin hogar a mi lado. La hora en la que llegaría el bus llegó pero el bus no apareció. Ya me estaba desesperando y estaba supremamente cansada. En el lugar por donde estaba, había un montón de hoteles y muchos taxis, uno de los taxista atravesó la calle y me dijo que el bus no pasaría debido a las protestas y se ofreció llevarme hasta el aeropuerto por 60 euros, no lo pensé dos veces y me fuí con él.

El viaje hasta el aeropuerto fue caótico las calles estaban atestadas de carros, no se podía pasar por ningún lado y yo estaba muy cansada y con sueño. En una lucha constante entre dormirme y mantenerme despierta, llegamos al aeropuerto, le di los 60 euros, las gracias y mi alma por fin volvió al cuerpo. Entradas las 11 de la noche, solo me quedaba dormir en los pasillos del aeropuerto y esperar a que amaneciera para ir a los baños a cepillarme los dientes, lavarme la cara, cambiarme la ropa, hacer check-in y subirme al vuelo y completar mi regreso a casa. En el aeropuerto ya muchisimo mas tranquila me di cuenta que en la caida me habia raspado una rodilla y me mejilla me dolia, pero menos mal no tenia ningun hematoma.

El atardecer desde el vuelo de vuelta al nuevo mundo.

Emprendí mi vuelo a las 10 de la mañana hora de París, rumbo a  Seattle, Washington, una travesía sobre el océano atlántico que tardaría un poco más de 10 horas. Cuando aterricé me tocó pasar por migración y la larga fila me hizo perder el siguiente vuelo que me llevaría a San José, California. Al salir de migración con cara de loca y preocupada uno de los trabajadores del aeropuerto dijo que me tranquilizara que la aerolínea me asignaría en el siguiente vuelo a San José, cuatro horas más tarde, a las 9 de la noche llegué a Mountain View, sana, salva y muy orgullosa de mi.

Para el 17 de diciembre, la huelga en Francia ya llevaba 13 días, el transporte público y el comercio seguían paralizados y el apoyo de los ciudadanos se había incrementado. 27 días después, los sindicatos aún seguían en pie de lucha y el gobierno no parecía dar el brazo a torcer. El 2019 finalizó y ninguno de los bandos cedió. Comenzó el 2020 y el decreto de estado de emergencia debido al Covid-19 en Francia,  obligó al gobierno a ceder, temporalmente, paralizando las reformas para así evitar  protestas y por ende la propagación del virus.  

Y en Colombia a Iván Duque se le da por hacer una reforma en plena pandemia.

UN HOMBRE HICOTEA EN ALEMANIA.

Plaza Schlossplatz, Stturgat, Alemania.
“Hombre Hicotea”, Jose Villegas Mier. San Marcos, Sucre, Colombia.

Mientras organizaba el viaje al viejo continente, recordé que un viejo amigo vivía en Alemania. No éramos amigos cercanos y  hacía mucho tiempo no hablábamos. Sin embargo, nos seguiamos en las redes sociales y siempre estaba pendiente de lo que compartia. Pensé mucho en si escribirle o no y me tomó algunos otros días para al fin decidirme y hacerlo. 

Luego de haber pasado por el París de García Márquez y el Ámsterdam de Ana Frank, aterricé  en Alemania por la invitación de este viejo amigo. Tome un vuelo de Amsterdam a Stuttgart. El país de las cervezas y la salchicha me recibió con un día soleado y con un idioma desconocido, pero sereno y envuelto en un ambiente navideño.  En las primera horas de haber llegada a mi último destino, me dedique a buscar el camino hacia un desconocido y pequeño pueblo a 45 minutos de Stuttgart, al sur de Alemania, donde “El Hombre Hicotea” me abrió las puertas de su casa. 

Entre más me alejaba del aeropuerto, la batería de mi celular se agotaba, al igual que las personas que hablaban Inglés y mi nulo conocimiento del nuevo idioma contribuyó a que me perdiera una y otra vez. Después de vagar entre trenes, estaciones y alemanes, llegué a mi destino. Agarré mi maleta morada y me paré junto a la puerta para salir tan pronto el tren se detuviera, temiendo no salir a tiempo.

Cuando las puertas se abrieron y descendí del tren, lo distingue al instante. Al parecer el ausente sol del caribe había dejado de besar su piel y estaba (la piel) más clara  que nunca y su acento costeño se había perdido casi por completo, dejando en su lugar un murmullo, a veces incomprensible. Pero era él, sin duda, lo supe tan pronto me encontró entre la multitud y con una mirada de vergüenza y felicidad me sonrió. 

Me hizo sentir en casa desde el primer instante, como siempre hace sentir hasta al más extrajero. Me dio de comer en su mesa, muy a pesar de que el menú no contenía bagre frito o una viuda de pescado con yuca y suero; me dio de beber mucha cerveza, aunque no eran nada parecido a una costeñita o a una club Colombia y a la hora de dormir me dio buenas sábanas para que no me quejará de que dormí en casa ajena y no tenía con qué abrigarme.

Al dia siguiente, me llevó a conocer la ciudad desde lo alto de una torre de comunicaciones a más de 200 metros de altura, con un viento arrasador y un frío implacable. Nos perdimos entre la multitud de un mercado, lleno de luces, música, comida y tiernos objetos navideños, mientras disfrutamos el recorrido con un vaso de vino caliente. Me presento a sus amigos Alemanes y Rumanos. Fuimos al cielo en una biblioteca en forma cúbica con once pisos, me llevó a varios museo para conocer más sobre Hitler y el Partido Nacional Socialista y entre viaje y viaje me contaba sobre la vida alemana, sobre sus viajes alrededor de europa y sobre sus sueños a futuro.

Yo lo escuchaba muy atenta, mientras al mismo tiempo contemplaba, sumergida en los primero vientos de inviernos a la Alemania de los libros de historia. Me deje contagiar de su escandalosa risa que hacía correr lágrimas de felicidad en mi rostro, pero también de su calor humano, su mamadera de gallo, su autenticidad y su luz. 

Los vientos de la vida llevaron a Europa a este “hombre hicoteas”, obligándolo a dejar su nido en busca de un futuro más prometedor. Su condición de anfibio le ha permitido acostumbrarse con facilidad a vivir en el agua o en la tierra. Los altibajos de la vida, han hecho de este “hombre Anfibio de las ciénagas sucreñas”, a este senti-pensante, según el sociólogo Orlando Fals Borda, un ser más seguro de sí mismo, más atrevido, más temerario, trabajador, sin dejar a un lado la diversion y el disfrute de la vida.

Donde quiera que vaya, ya sea a las playas de Marbella o a los Alpes suizos, este hombre hicotea, lleva las brisas del Caribe y el calor de la Mojana tatuados en su alma. También lleva esa luz que nos hace ser el pueblo más feliz del mundo, que ilumina los amaneceres durante la epoca de lluvias y los atardeceres en la epoca de sequia, que contagia, que alegra, que hace sentirte vivo y afortunado.

Después de mi breve recorrido por Alemania emprendí mi camino de vuelta a casa con el corazón hinchado de alegría y orgullo, ya que pude confirma que la magia de mi pueblo natal San Marcos, no está solo en su ubicación geográfica, si no, en su gente.

“QUIERO SEGUIR VIVIENDO, AUN DESPUÉS DE MUERTA.”

Cuando tenía 12 años, leí el diario de Ana Frank por primera vez. Quedé muy conmovida con su historia y muy a pesar de nuestras diferencias religiosas, culturales y de haber vivido en épocas distintas, me encontré muy identificada y reflejada en algunos aspectos de su vida.

Tanto ella como yo, a los 12 años, andábamos con un diario bajo la almohada, un libro bajo el brazo y enamorándonos perdidamente del primer niño que se cruzaba en el camino…

“Miércoles, 1 de julio de 1942.

Todo indica que Hello está enamorado de mí, y a mí, para variar, no me desagrada. Margot diría que Hello es un buen tipo, y yo opino igual que ella, y aún más.”

Diario de Ana Frank.

…recortábamos y pegábamos, en las paredes de nuestros cuartos fotos de los actores más guapos y de los lugares que queríamos algún día conocer…

“Sábado, 11 de julio de 1942

Gracias a papá, que ya antes había traído mi colección de tarjetas postales y mis fotos de estrellas de cine, pude decorar con ellas una pared entera, pegándoles con cola. Quedó muy, muy bonito, por lo que ahora parece mucho más alegre”

EL diario de ana frank.

Durante las noches del mes de octubre cuando los huracanes se desataban, los truenos y los relámpagos me asustaban y me hacían correr al cuarto de mis padres. Mientra Ana en su desgraciada, angustiante y triste situación, la hacían correr despavorida hacia el cuarto de sus papás, los bombardeos y las ametralladoras que se apoderaban del silencio y la tranquilidad de la noche.

“Miércoles, 4 de agosto de 1943

“Por las noches, al primerísimo disparo, se oye una puerta crujir y aparecen un pañuelo, un cojín y una chiquilla…” 

(Fragmento del poema que Margot, hermana de Ana, le regalo con motivo de su cumpleaños)
el diario de ana frank

El viaje a Europa era la oportunidad propicia para conocer un poco más sobre ella, por eso luego de mi paso por París, tomé un tren rumbo a la capital de los Países Bajos: Ámsterdam. Con el propósito de conocer de cerca el país y la ciudad que había refugiado a Ana y a su familia cuando la persecución nazi comenzó. (Margot (hermana), Edith (Madre) y Otto (Padre))

Luego de tres horas de viaje, llegué a Amsterdam. El cielo estaba nublado y parecía que había llovido en la madrugada. Cuando estaba buscando donde hospedarme, traté de conseguir un lugar que estuviera cerca de todo, así podía caminar o montar una bicicleta hasta mi destino. Caminé hasta el hostal por angostos callejones repletos de gente, hice check-in en una recepción extremadamente pequeña y me dirigí a mi habitación. Para poder llegar a ella, tuve que subir por una escalera angosta, empinada, escandalosa y con escalones muy pequeños, organicé un poco las cosas y me fui a mi encuentro con la casa de Ana Frank.

Hoy en día “La Casa de Atrás” (como Ana la bautiza en su libro) es un museo, el cual es visitado por cientos de personas durante el año. La entrada tiene un costo de 12 euros y debe ser adquirida solo y exclusivamente vía online por lo menos con una semana de anticipación. Durante el recorrido te otorgan una audioguía para escuchar la historia y datos interesantes del lugar. Sin embargo, el uso de aparatos tecnológicos y de fotografías está completamente prohibido.

“La Casa de Atrás”, una casa oculta en el edificio en el que trabajaba Otto, el papá de Ana, fue el lugar que les ayudó a la familia Frank y otros cuatro judíos a permanecer fuera del alcance de la Gestapo y los Nazis durante dos años. Ocho personas viviendo en un diminuto lugar, sin poder salir a la calle y sin hacer tanto ruido definitivamente era todo un calvario. Sin embargo, Ana aprendería a convivir con ellos, pero sobre todo con ella misma.

Nadie volvió a ser el mismo después de comenzada la guerra y mucho menos después del final, pero el “cautiverio” y la desesperanzadora situación obligó a Ana a exigirse más, a ser más fuerte, a ser una mejor persona y pasó de ser una niña superficial, como ella misma se describe en el libro, a una mujer independiente, empoderada y ambiciosa.

Ana quería ser periodista, tenía una destreza de otro mundo con el lápiz y el papel: “Me consta que sé escribir” “yo misma soy mi mejor crítico, y el más duro. Yo misma sé lo que está bien escrito y lo que no”. Al mal tiempo le colocó la mejor de las caras y esto la ayudó a forzar su carácter fuerte y su personalidad: “A parte de un marido e hijos, necesito otra cosa a la que dedicarme. No quiero haber vivido para nada, como la mayoría de las personas” Y muy a pesar de su corta vida y su trágico y triste final su sueño se hizo realidad: Quiero ser de utilidad y alegría para los que viven a mi alrededor, aun sin conocerme. ¡Quiero seguir viviendo, aun después de muerta!” ( Todo estos pensamiento se encuentran escritos en la carta del miércoles, 5 de abril de 1944)

Durante el recorrido por “La Casa de atrás” me sentí en el limbo, no sabía qué pensar o qué sentir. La casa era fría y oscura, el más leve de los pasos hacía rechinar todo el lugar; todo era pequeño y apretado y la atestada multitud recorriendo el lugar en fila india, estorbaban y me distraían. Al final de mi recorrido, volví a comprar el libro y lo volví a leer. Yo creo que al haber leído el libro, por primera vez, a tan corta edad pasé muchas cosas por alto o no le presté atención suficiente. Por ejemplo, a lo reflexiva que fue Ana con asuntos sobre el amor, las mujeres, la independencia, la educación, la ambición hacia nuestros sueños y el hecho de valorar hasta los momentos más “insignificantes”.

El periodo de “cautiverio”, no fue un obstáculo para dejar de lado sus estudios y se mantuvo perfeccionando cuatro idiomas, estudiando duro, leyendo sin piedad, escribiendo con mucho empeño y dedicación, tanto el diario como cuentos, y sobre todo, no fue obstáculo para seguir soñando en grande y nunca perder la esperanza.

Haber vuelto a leer el libro, haber conocido la “Casa de atrás” y los Países Bajo e incluso haber comenzado a escribir sobre ella y mi experiencia con relación a sus últimos años de vida, me ayudó a descubrir a una Ana Frank diferente, mucho más empodera y valiente, que la primera vez que la conocí; una Ana Frank que me ha hecho recapacitar y reflexionar mucho sobre mi actitud hacia el mal tiempo, a ser valiente, agradecida y ante todo feliz.

Lamentablemente, Ana y seis de los escondidos, con excepción de su padre Otto, único sobreviviente, mueren en campos de concentración incinerados, por inanición o por fiebre tifoidea, como ella y su hermana. A pesar del agridulce sabor de este final, Ana Frank sigue viviendo, aún después de muerta y su historia es una invitación para no esperar ni un instante para comenzar a mejorar nuestro mundo.

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE EUROPA.

Torre Eiffel.
Jardines de Luxemburgo.

Panteon de Paris.

Las clases de historia me dieron a conocer Francia como uno de los países más importantes y populares del viejo continente; “El principito” y “El Viaje al centro de la Tierra” me permitieron conocer a escritores franceses. Madame Pauline, mi profesora de Francés I, me enseñó a hablar su idioma mientras cantaba con un mal acento sus canciones. Madame Coraline me habló de las batallas de Charle de Gaulle y Bonaparte mientras degustaba sus vinos y quesos y Coco Chanel, me ofreció una vista más pintoresca y empoderada de lo que es la capital de la moda.

Pero más allá de todo esto, Francia y específicamente París, su capital, tenían nombre y apellidos propios para mí, ya que en mis viajes a través de la lectura, hace un par de años, fui seducida por un hombre latino de 28 años, flaco como un espárrago, con cabello rizado, bigote y apariencia argelina, el cual durante su estadía en la Europa de la Guerra Fría le causó arrestos y malos ratos.

Conocer las vivencias de Gabriel García Márquez en Francia, a través del relato que hace Geral Martín en “Una Vida”, libro biografía, fue quizás el incentivo y el aliciente más importante que me llevó a escoger este país, como uno de uno de mis destinos cuando viajé a Europa. Era la oportunidad perfecta para conocer de cerca los lugares que frecuentaba, las avenidas por las que caminaba y recrear en mi mente esa época de aventuras, amor y sufrimientos que Gabo vivió.

Gabriel García Márquez fue enviado a Europa por el periódico “El Espectador” para cubrir la cumbre de Ginebra, Suiza, realizada en 1955 como antesala para tratar de calmar las aguas ante la amenaza de una Guerra Nuclear. Según las malas lenguas se fue de Colombia, huyendo del gobierno de Rojas Pinillas, tras amenazas de muerte. Según otras versiones, se fue porque estaba “mamado de la nevera” (Bogotá), y necesitaba un cambio de aire, más específicamente en ultramar.

En diciembre de ese mismo año, después de estar divagando por Italia, se instaló en París para quedarse a vivir durante dos años. Vivió en el hotel de Flandre, en el cual su estadía fue muy singular, ya que entre menos dinero tenía para pagar la renta era trasladado de habitación por Madame Lacroix (dueña del hotel) quien terminó ubicándolo en el ático del hotel sin calefacción y “olvidado” cuando no tuvo un peso más para pagar la renta.

Dos años de su vida en los que vivió del dinero de un billete de avión, de la caridad de sus amigos y conocidos y de algunos escasos ahorros. Sin embargo, el mal tiempo económico no fue capaz de apagar su calidez y carisma caribeño y se la pasaba mamando gallo, cantando vallenatos de su amigo Rafael Escalona y bailando a lo largo del boulevard Saint Michel cada vez que podía.

Sus días transcurrían en la “universidad de la calle”, con el manuscrito de “El Coronel No Tiene Quien Le Escriba” y “La Mala Hora” bajo el brazo, aprendiendo francés, paseándose por La Sorbona o El Louvre para elevar el espíritu, almorzando con Miguel Otero Silva, entrevistando a Francois Mitterrand y saludando a Ernest Hemingway en el Boulevard Saint Michel, pero consternado día y noche por la violencia que acaparaba a su tierra natal y su bolsillo.

En enero de 1956 Rojas Pinilla cerró El Espectador y sus cheques dejaron de llegar. Cuatro meses después, mientras comía en El Café de Les Deux Magots se enteró del golpe de estado a Rojas Pinillas, pero asumió una posición poco optimista hacia el futuro de Colombia en esos momentos.

En cuanto a su vida amorosa, mantenía una relación a larguísima distancia con la mujer que años después sería su esposa formal, Mercedes Barcha. Pero “¿Qué habría que esperar de un hombre latino de veintiocho años, sino que tuviera una aventura en París?” Se enamoró de Tachia Quintanar, una Au Pair española, actriz y musa de poetas y escritores con la que protagonizó la novela latinoamericana más famosa de la década de los 60, “Rayuela” de Julio Cortázar. [Ojo, esto último es 100% un chisme].

Sesenta y cuatro años después de que García Márquez aterrizará por primera vez en Europa, tuve la oportunidad de viajar y llegar a la ciudad que había sido escenario importante y trascendental en su vida. Aterricé con un cielo parcialmente nublado, con pronóstico de lluvia en las horas de la tarde, sin haber podido conciliar el sueño y con un nudo en la garganta y un vacío en el estómago asustada pero emocionada al mismo tiempo.

Me alojé en un hostal, en una habitación compartida con 9 niñas más, de las cuales solo alcance a conocer dos, una nativa de Los Ángeles, California, que tan pronto me vió me invitó a la fiesta que daría el hostal en la noche y la cual sostuvo una acalorada discusión sobre el outfit que debía vestir para la fiesta horas más tardes, y una española que llevaba un mes recorriendo Europa del norte.

Conocer París fue un sueño y un reto grande. Mi primera impresión fue que era una mezcla entre Bogotá y San Francisco, y sus calles eran tal cual como había imaginado: una pasarela, donde ni las bajas temperatura, ni la lluvia eran obstáculo para los cientos de parisinos y turistas que desfilaban y hacían de cada rincón de la ciudad una pasarela.

La ciudad estaba envuelta en esta atmósfera fashionista que arropaba desde bebés hasta abuelos con abrigos Gucci, zapatos Chanel, bolsos Prada,  llenando de color y alegría el comienzo del oscuro y frío invierno. Era un completo deleite para mi tanta ropa, tantas combinaciones, tantos estilos, pero sobre todo tanta creatividad. Cada uno tenía un toque auténtico, ningún outfit se parecía a otro y todos cuidaban rigurosamente los detalles, desde el maquillaje hasta la funda de sus carísimos iPhone 11.

Deambule toda la tarde por París, en dirección a la Torre Eiffel, tomando fotos, admirando su arquitectura y escuchando con atención conversaciones ajenas para descifrar de qué hablaban y tratando de poner en práctica mi atropellado y olvidado francés. De esta manera corrobore de una vez y por todas que el Francés es el idioma del amor.

Al día siguiente, fui tras el rastro de García Márquez. Caminé por el boulevard Saint Michel, en dirección al jardín de Luxembourg, donde Gabo saludó a su ídolo Ernest Hemingway. Visité el café Mabillon donde se encontró por primera vez con Tachia, su amor parisino, y el famoso café literario Les Deux Magots, que no sólo fue frecuentado por García Márquez, sino también por Hemingway, Simone de Beauvoir, Ernesto Sábato entre otros.

Pasé por el barrio latino, La Sorbona y el Louvre pero por estar queriendo elevar el espíritu, casi lo pierdo. Cuando ingresé al museo del Louvre, una muchacha se me acercó pidiendo una firma para supuestamente acceder a una cirugía y así poder recuperar su audición. De manera inmediata me negué a esta petición, al instante otra muchacha se me acercó, me preguntó si hablaba Inglés y me explicó lo que estaban haciendo. Seguí diciendo que no. Rápidamente se acercaron otras tres más me colocaron el papel en las manos y comenzaron a exigir insistentemente que firmara. 

Pase rápidamente mis ojos por el listado el cual ya habían sido firmados como por 20 personas y tenía una casilla al final donde debías dar una donación monetaria. Curiosamente todas las personas que habían firmado habían dejado una donación de 20 euros. De un momento a otro lo que habían sido cinco mujeres al principio insistiendo y haciendo gestos para que yo sintiera lastima y firmará se volvió un grupo de nueve mujeres que me rodearon y sutilmente me forzaron a firmar y a agachar mi cabeza en dirección a mi riñonera para buscar cinco euros para “donar”.

Yo había leído de los peligros en París, de lo común que era el pickpocketing o carteristas (forma de hurto que implica el robo de dinero u otros objetos de valor de la persona o del bolsillo de la víctima sin que se den cuenta del robo en ese momento) que debía evitar al máximo las aglomeraciones y que no debía estar dando papaya, pero en ese momento lo único que quería era quitarme a esas mujeres de encima lo más pronto posible.

Estaba a punto de quedar como las nalguitas del niño Jesús, cuando, como mandados por el mismo Jesucristo, una pareja de abuelos me tomaron por el brazo y me rescataron de las llamas del infierno. ¡Te van a robar! me dijeron, ahora mismo ni siquiera recuerdo en que idioma me lo dijeron. Sentí como mi espíritu se me salía del pecho y mi cara se bañaba en lágrimas. En todo el año que llevaba fuera de casa jamás me había sentido tan lejos y sola, y a pesar de que fue la primera vez que sentí ese sentimiento, desgraciadamente no iba a ser la última.

SI QUIERES VIAJAR, LEE. SI QUIERES ESCRIBIR, VIAJA.

Los Apto, CA.
Lake Tahoe, NV.
San Francisco, CA.

Un día en el colegio, mientras leí por primera vez “Los Juegos del Hambre” (En Llamas), una compañera de clase se me acercó y me preguntó:

  • ¿Qué estás leyendo? 
  • Los Juegos del hambre, le respondí. 
  • ¿Vas a hacer alguna dieta?, dijo ella. 

La miré extrañada, sin comprender y luego me reí. Sin embargo, para lo que ella fue un libro para hacer dieta, para mí fue la mejor forma de caer rendida a los pies de la lectura. Antes de leer Los Juegos del Hambre, ya había intentado leer algunos libros, sin terminar ninguno. Me quejaba y me atrevía a morir de aburrimiento porque no tenía nada que hacer, sin darme cuenta que justo a mi lado tenía un mundo lleno de aventuras deseoso para que lo descubriera.

Después de terminar la trilogía de los Juegos del Hambre, comencé a leer todos los libros que tenía a mi alcance. Comencé a recorrer el mundo de la manera más exótica, visité futuros distópicos, viví el amor en los tiempos del cólera; Seguí de cerca una asesina en serie; Sufrí la persecución judía y el holocautro con una familia judía; Morí por orgullosa y prejuiciosa; Le eché porras a un alemán para que luchara por una vallenata; Hice una travesía con una adolescente drogadicta desde California hasta Chile y estuve de duelo cuando Melquiades pasó a mejor vida.

Capitola, CA.
Lassen volcanic park.
LeeVining, CA.

Permanecía con un libro bajo el brazo, llorando, riendo, enojandome, sufriendo de mal de amores, pero sobre todo corriendo hacia el cuarto de mis padres a media noche cuando asesinos nazis muriendo de cólera me perseguían por todo el Valle del Upar en mis sueños. “¿Qué locuras estás leyendo ahora, Margarita?” pregunta siempre mi mamá. Así mis calurosas y antes aburridas tardes de verano pasaron a tener una mejor vida.

Un día, no sé dónde, leí “Si quieres viajar, lee. Si quieres escribir, viaja”. Me sentí muy identificada, con los libros ya había viajado por todos lados. Sin embargo, me sentí identificada a medias, porque por más que inventaba aventuras en mundos distópicos no era capaz de plasmar en el papel todo lo que había en mi mente y siempre me acababa por rendir.

Deje la escritura a un lado, creyendo que no era para mi y seguí viajando con la lectura. Mis ganas de viajar se intensificaban cada vez más, quería ver con mis propios ojos todo sobre lo que leía, pero al mismo tiempo me preguntaba ¿cómo lo haría? ¿cuándo lo haría?, ¿con quién iría?, ¿cómo comenzaría a recorrer el mundo? Pero Dios obra de maneras increíbles y ni en los más salvajes de mis sueños me imaginé viajando SOLA. Me fui de intercambio al extranjero, comencé a viajar y un día como por arte de magia comencé a escribir.

San José, CA.
Los Ángeles, CA.
Sacramento, CA.

Mi vida cambio por completo, me volvi mas valiente y mas independiente. Para mis primeras vacaciones visite Hawaii y para las siguientes tenía pensado volver a Colombia, pero por obra y gracia de una amiga, decidí cambiar mi ticket de vacaciones a Colombia y en lugar de ello viajar al viejo continente.

Al principio, mi plan era demasiado ambicioso, quería visitar siete países en 15 días. ¿acaso estaba loca? Andrea, mi amiga la bumanguesa, ya había viajado durante un mes por el sur de Europa y me había contado que era mucho más fácil de lo que uno imaginaba. Comencé a empaparme más del tema. Me volví a unir a un grupo en Facebook, leí muchas experiencias, muchos comentarios, pregunté mucho, vi un montón de videos. Y después de una ardua investigación, de orar mucho y dejar mi ambición y mi afán a un lado, las cosas comenzaron a fluir.

Obviamente, mis días posteriores al viaje estuvieron llenos de temor, ansiedad e incertidumbre, pero estaba decidida y eso era mucho más fuerte. Hacer un itinerario de viaje, que era lo que todos recomendaban para empezar y tener todo claro y organizado, no fue nada fácil. Puede parecer algo muy exagerado, incluso puede parecer algo tonto pero para mi fue difícil. Por supuesto que tenía que serlo, era la primera vez que me enfrentaba a una situación como esta, de la cual no tenía ni miga de experiencia y tenía que arriesgar para poder ganarla.

Mountain View, CA.
Salt Lake City, UT.
En el baño de la casa.

Hacer el itinerario fue un completo calvario y mi desesperación era tan grande que hasta le escribí a una chica por Facebook (que hace itinerarios y cobraba 30 dólares por hacerlo) para que hiciera el mío. La cual me respondió el mensaje unos días antes de viajar a Europa. “ Gracias pero no gracias” Pasaba todo el día pensando en el itinerario, leyendo, consultando, tratando de armarlo. Tenía que encontrar los vuelos más adecuados, no muy tarde, no muy temprano; encontrar hostales baratos, con buenas calificaciones, con buena ubicación; elegir qué lugares iba a visitar y que quería hacer, y  cómo me iba a mover en cada país: tren, bus, rentar un carro, bicicleta?

De día todo lo veía muy claro y sencillo, pero la noche era oscura y llena de terrores y despertaba en las madrugadas a volver a pensar en mi itinerario, a cambiar cosas, a mejorarlo para hacer el viaje más fácil y sencillo. Un par de noche antes de darle el ultimátum a mi itinerario me levanté a eso de las dos de la mañana y me dije “no puedes moverte de un país a otro de noche”, esto significaba que tenía que extender mi estadía en cada país por una noche más. Tan pronto como amaneció alargué mis estadías, cambié tickets de tren y por fin pude volver a dormir tranquila.

La idea de viajar sola no me quitó el sueño, de hecho, de cierta forma ya había comenzado a viajar sola, y no estaba dispuesta a seguir posponiendo mis sueños y planes porque no tenía un/a compañero/a de viaje. Igual hice el intento por encontrar un acompañante. Elegí tres países con los que había creado un fuerte lazo a través de la lectura y el día de acción de gracia me embarqué desde el aeropuerto internacional de San Jose, California, al viaje de mi vida. Obviamente no sin antes advertirle a mi mamá que no perdiera los estribos si en las siguientes 10 horas no sabía nada de mi.

Jardín de Luxemburgo, Paris, Francia.

El 29 de noviembre del 2019 a eso de las 11:30 de la mañana aterricé con un cielo parcialmente nublado y con pronóstico de lluvia en las horas de la tarde, a la capital francesa, la ciudad del amor…